Todo empezó una tarde de sábado. Estaba en mi piso, 3ºA, limpiando el balcón. Oí voces del 3ºB, mis vecinos. Él, Pedro, alto, fuerte, carpintero. Ella, Ana, menuda, jefa en el súper. Discutían por montar un armario. ‘¡Hazlo como yo digo!’, gritó él. Silencio. Luego, su voz firme: ‘Por… fa… vor’. El ‘por’ seco, como orden. ‘Fa’ normal. ‘Vor’ susurro. Me quedé clavada. Miré por la rendija de la persiana. Ana bajó la cabeza: ‘Sí, amo, a tu disposición’. Joder, mi coño se contrajo. Me mojé al instante. Él la tocó, ella se entregó. Oí gemidos ahogados, el roce de carne. El aire fresco del balcón me erizó la piel, pero ardía por dentro.

Los días siguientes, tensión pura. En el pasillo, Pedro me saludaba con esa mirada. Sus ojos bajaban a mis tetas, mi culo. Yo, abierta al sexo, adoraba el riesgo. Una noche, volvía tarde del curro. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entramos al ascensor juntos. Puertas cierran con clic. Silencio pesado. Olía a su colonia, sudor varón. ‘¿Todo bien?’, preguntó él, voz grave. ‘Sí… eh… genial’, balbuceé, piernas temblando. Se acercó. ‘Te he visto mirar’. Mi corazón latió fuerte. ‘Por favor… dime qué quieres’. Ese tono. Firme, roto. Mi coño chorreó. ‘Yo… no sé’. Mentira. Quería su polla.

La observación que me encendió

La barrière cayó. Ascensor entre pisos. Paró en seco. Me empujó contra la pared, fría en la espalda. ‘Quítate las bragas, por favor’. Dudé dos segundos. Manos temblorosas, bajé la falda, saqué el tanga empapado. ‘Dámelo’. Se lo di. Olfateó: ‘Hueles a puta cachonda’. Su boca en mi cuello, mordiscos. Mano en mi teta, pellizcó el pezón duro. ‘Arrodíllate’. Lo hice, rodillas en suelo sucio. Saqué su polla: gruesa, venosa, palpitante. ‘Chúpala, zorra’. La tragué, garganta profunda. Glups ruidosos, saliva chorreando. Él gemía bajo: ‘Joder, qué boca’. Miedo: ascensor podía abrirse. Ruido de cables, adrenalina pura.

El clímax en el ascensor y el secreto compartido

Me levantó, falda arriba. ‘Abre las piernas’. Dos dedos en mi coño, chapoteo obsceno. ‘Estás inundada, vecina’. Me folló contra la pared. Polla enorme, entrando rasgando. ‘¡Ah! Más fuerte’. Embestidas brutales, plaf plaf. Tetetas rebotando, sudor goteando. ‘Cállate o nos oyen’, gruñó. Pero yo jadeaba: ‘Fóllame, amo, por favor’. Su mano en mi boca, ahogando gritos. Sentí su rabo hincharse. ‘Me corro dentro’. Chorros calientes, llenándome. Yo exploté: coño convulsionando, jugos por piernas. Orgasmo salvaje, uñas en su espalda.

Paramos jadeando. Se subió los pantalones, yo el tanga hecho jirones. Ascensor llegó a planta. Salimos normales. ‘Buenas noches’, sonrisa pícara. Al día siguiente, pasillo. Ana pasó, ajena. Pedro y yo: mirada fuego. ‘¿Dormiste bien?’, susurró. ‘Como una reina follada’. Guiño. Secreto ardiente. Ahora, cada crujido en la pared me moja. El peligro, el vecino… adictivo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *