Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó ayer con mi vecino León. Ese tipo del piso de al lado, siempre tan serio, con su aire de intelectual despistado. Todo empezó por casualidad, como siempre en estos bloques viejos donde las paredes son papel. Estaba en mi salón, con la ventana entreabierta al balcón, y oí ruidos raros. Ras, ras, ras… como uñas contra piel. Miré por la rendija de las persianas, y allí estaba él, en su balcón, quitándose la camisa. Tenía un picor detrás de la oreja izquierda, rojo e hinchado, y se rascaba con ganas, arqueando la espalda. Sus músculos se tensaban, sudaba un poco bajo el sol de la tarde. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Por qué me ponía tan cachonda verlo así, vulnerable, animal?
Al día siguiente, en el ascensor. Compartimos el viejo cacharro que huele a humedad y a pis de gato. Entró él, con la misma oreja roja, y empezó a rascarse disimuladamente el cuello. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo empañado. ‘¿Te pica mucho?’, le dije, voz baja, juguetona. Él se sonrojó, pero no apartó la vista. ‘Sí, joder, no para. Es una locura’. El ascensor se paró entre pisos, como siempre, con ese pitido molesto. La luz parpadeaba, el aire se cargó de golpe. Me acerqué, olía a su jabón barato y a hombre. ‘Déjame ver’, murmuré, y le toqué la oreja. Su piel ardía. Él jadeó, ‘Cuidado, vecina…’. Pero ya estaba, la barrera cayó. Mis dedos bajaron por su pecho, él me agarró la cintura. ‘Joder, qué ganas tenía de tocarte’, soltó, voz ronca.
La mirada indiscreta y la tensión que sube
No sé cómo pasó tan rápido. Sus manos en mi culo, levantándome la falda. ‘Fóllame ya, León, pero calladitos, que nos oyen los del quinto’. La polla ya le salía dura del pantalón, gorda y palpitante, rozándome el coño por encima de las bragas. Me las arranqué, él me empotró contra la pared metálica, fría en la espalda. Entró de un empujón, seco, hasta el fondo. ‘¡Ah, puta madre, qué prieta estás!’, gruñó, mordiéndome el cuello mientras me clavaba fuerte. Yo gemía bajito, mordiéndome el labio, el ascensor temblaba con cada embestida. Sus pelotas chocaban contra mi culo, chapoteando mi humedad. ‘Más rápido, cabrón, rómpeme el coño’, le susurré al oído, arañándole la espalda. Él aceleró, sudando, el picor olvidado, follándome como un poseído. Sentía su polla hinchada, latiendo dentro, y el miedo delicioso: ¿y si alguien pulsaba el botón? Ese riesgo me hacía correrme ya, apretándolo, chorreando por sus muslos. Él no aguantó, ‘Me corro, joder…’, y me llenó de leche caliente, gimiendo contra mi boca. Quedamos pegados, jadeando, su semen chorreándome piernas abajo.
El ascensor arrancó de golpe, nos bajamos en mi planta, arreglándonos la ropa a toda prisa. Él me guiñó un ojo, ‘Hasta mañana, vecina’. Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Luz tenue, olor a fregar. Pasó rozándome, su mano en mi lumbar un segundo. ‘¿Picor curado?’, le pregunté sonriendo. ‘Ahora pica en otro sitio’, murmuró, mirándome el escote. Ese secreto quema, chicas. Cada ruido en la pared me pone cardíaca. ¿Repetimos? Uf, el morbo de lo prohibido… no hay nada igual.