Hola, me llamo Ana, tengo 32 años y vivo en un edificio viejo del centro con mi chico, Javier. Somos una pareja abierta, nos flipa el sexo y hablamos de todo: tríos, voyeurismo, el morbo de lo prohibido. Adoro esa adrenalina de follar cerca de casa, con el riesgo de que nos pillen los vecinos. Últimamente, mi cabeza no para de imaginarme con Pablo, el vecino del quinto, un tipo guapo, divorciado, con pinta de tener una polla enorme. Lo he visto mil veces en el rellano, sudado del gym, con esa sonrisa que me moja el coño.
Todo empezó hace unas semanas. Bajaba al contenedor de basura, era tarde, las luces del pasillo parpadeaban. Oí pasos pesados, eco en las escaleras. Era él, Pablo, con una bolsa de basura. ‘Ey, Ana, ¿tú por aquí tan tarde?’, dijo con voz ronca. Nos metimos en el ascensor juntos, ese cacharro viejo que cruje y huele a humedad. El espacio era diminuto, su cuerpo rozaba el mío. Sentí su calor, el olor a su colonia mezclada con sudor. ‘Hace calor hoy, ¿no?’, murmuró, mirándome los pechos por encima de la camiseta ajustada. Mi corazón latía fuerte, el ascensor se paró entre pisos con un traqueteo. ‘Mierda, otra vez atascado’, solté nerviosa. Él se acercó, su mano rozó mi cadera. ‘Tranquila, ya lo arreglo… pero tú estás muy buena esta noche’. Sus dedos subieron por mi muslo, bajo la falda corta. No pude resistir, el morbo me pudo. Le besé, salvaje, lengua dentro, mordiéndonos.
La tensión que estalla en el edificio
La barrera saltó ahí mismo. El ascensor temblaba, podíamos oír voces lejanas en el pasillo de abajo. ‘Pablo, joder, nos van a pillar…’, susurré, pero abrí las piernas. Él me empotró contra la pared metálica, fría en la espalda. Me arrancó las bragas de un tirón, el sonido del elástico rompiéndose me puso a mil. ‘Quiero follarte ya, Ana, tu coño está chorreando’, gruñó bajito. Metió dos dedos dentro, revueltos, chapoteando en mis jugos. Gemí fuerte, tapándome la boca. ‘Shhh, calla o nos oyen’, dijo riendo, mientras se bajaba los pantalones. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, como 18 cm fáciles, cabezona y palpitante. La rocé con la mano, dura como piedra. ‘Métemela, Pablo, fóllame fuerte’, le rogué, jadeando.
Me levantó una pierna, apoyada en la barandilla oxidada. Entró de golpe, rompiéndome el coño con esa verga enorme. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, masculló, embistiéndome brutal. Cada polvazo hacía crujir el ascensor, plaf-plaf contra mi culo. Sudábamos, el aire cargado de sexo, olor a coño mojado y polla. Le arañé la espalda, mordí su cuello para no gritar. ‘Córrete dentro, lléname’, le supliqué, sintiendo el orgasmo subir. Él aceleró, bolas golpeando mi clítoris hinchado. ‘Me vengo, Ana, toma mi leche’, rugió ahogado. Noté su polla hincharse, chorros calientes inundándome el útero. Yo exploté, coño contrayéndose, jugos chorreando por mis muslos, piernas temblando. Duró minutos eternos, follando lento al final, exprimiendo hasta la última gota.
El sexo salvaje y el secreto compartido
El ascensor arrancó de golpe, bajando. Nos arreglamos a toda prisa, semen goteando por mi pierna. Salimos fingiendo normalidad, pero con la ropa revuelta. Él me guiñó un ojo: ‘Hasta la próxima, vecina’. Javier me esperaba en casa, olió el sexo en mí y se rio: ‘Cuéntamelo todo’. Follando con él esa noche, reviví cada detalle.
Al día siguiente, cruce en el pasillo. Luz filtrando por las persianas, pasos lejanos. Pablo bajaba las escaleras, yo salía del piso. Nuestras miradas se clavaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días, Ana… ¿dormiste bien?’, dijo con doble sentido, voz baja. Sentí el calor subir, coño palpitando de nuevo. ‘Como un bebé… pero con sueños húmedos’, contesté coqueta. Pasó rozándome, su mano discreta en mi culo. El secreto quema, delicioso. Sé que repetiremos, el edificio es testigo.