Me llamo Ana, tengo 42 años, casada desde hace 16 con un marido que no se mueve del sofá con la tele y la birra. Tres chavales que me tienen liada todo el día. Yo, menuda, curvas en su sitio, pelo moreno rizado y piel canela. Abro las piernas fácil, me pone el morbo de que nos pillen, el peligro de los vecinos fisgones.

Esta semana inauguraron un club de informática en el barrio, voy dos noches para desconectar. Llego, mucha gente, y me toca compartir ordenador con un tío alto, delgado, unos 45 tacos. Sonrío, nos miramos… ¡Hostia, es Pablo, el vecino del 4º! Siempre nos cruzamos en el rellano, un hola seco, pero sus ojos se clavan en mis tetas.

La chispa en el club y la subida tensa

—Hola, ¿Ana del 4º, no? —dice con media sonrisa, voz grave.

—Sip, Pablo… Qué casualidad, ¿eh? —contesto, rozando su brazo al sentarme.

El olor a su colonia barata me sube por la nariz. Risas tontas mientras trasteamos el PC, pero yo noto su mirada bajando a mi escote. Hoy no llevo sujetador, la blusa fina deja ver los pezones duros. Él se remueve en la silla, yo cruzo las piernas y aprieto los muslos. Susurros:

—¿Vienes mucho? Tu mujer… ¿no se mosquea? —pregunto, mordiéndome el labio.

—Bah, está pegada a la tele. ¿Y el tuyo?

—Igualito. Dos pringados…

Salimos, noche suave, viento fresco. Caminamos al edificio, pasos resonando en la acera húmeda. Entramos al portal, el ascensor espera con luz amarilla tenue. Pulsamos 4º, puertas cierran. Silencio pesado, aire cargado. Nuestros cuerpos se pegan sin querer, su mano roza mi culo.

—¿Sabes que te miro siempre en el pasillo? —murmura, aliento caliente en mi cuello.

Yo gimo bajito, giro, le beso. Lenguas revueltas, salvajes. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcan pezones. El ascensor sube lento, pitido entre pisos. Para de golpe, luz parpadea.

Acto 2: El fuego explota. Aprieto contra la pared, su polla dura como piedra contra mi vientre. Bajo la cremallera, ¡joder, qué verga gorda, venosa, cabezona! La saco, saliva en la mano, meneo fuerte.

—Mmm, Ana… Chúpamela, anda… —jadea, ojos locos.

El polvo brutal y el secreto del pasillo

Me arrodillo, olor a macho sudado. Boca abierta, lengua lamiendo el glande salado, engullo hasta la garganta. Chup chup, babas goteando, él gime fuerte: ¡Ahhh, coño! Agarro sus huevos peludos, masajeo. Se corre casi, pero no.

—Fóllame ya, Pablo… —suplico, bajándome las bragas, coño chorreando, labios hinchados.

Me levanta una pierna, mete dos dedos, revuelve mi clítoris palpitante. ¡Splash, jugos por sus manos! Empotra la polla de un empujón, rasgándome el chocho. Pum pum pum, contra la pared metálica, eco brutal. Gemidos ahogados: Shhh, ¡que nos oyen los del 3º! Pero no paramos, sudor mezclado, tetas rebotando, uñas en su espalda.

—Tu coño aprieta como una virgen… ¡Me corro dentro! —gruñe.

—Sí, lléname, cabrón… —chillo bajito.

Leche caliente inunda mi útero, piernas temblando, beso sucio con lengua.

Ascensor arranca, nos subimos las bragas él el pantalón. Puertas abren en 4º, salimos despelotados, risas nerviosas. Nos separamos en el pasillo, beso rápido.

Al día siguiente, voy al contenedor, pasos en el pasillo. Él sale, ojos brillantes, roce de manos.

—Buenos días, vecina… ¿Dormiste bien? —guiña.

—Con sueños húmedos… No hagas ruido esta noche —susurro, coño palpitando otra vez.

El secreto quema, cada mirada promete más. El edificio ya no es el mismo.

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