Desde el domingo pasado no soy la misma. Me miro en el espejo y veo una mujer radiante, aunque me dé un poco de vergüenza admitirlo. Siempre he sido curiosa, abierta al sexo, pero con mis vecinas… eso era otro nivel. Bea y Fani, las lesbianas del quinto, del piso de al lado. Las oigo reír por las noches, sus gemidos filtrándose por las paredes finas. El otro día, desde mi balcón, con el aire fresco del atardecer rozándome la piel, las pillé. La luz del sol se colaba entre las persianas entreabiertas de su salón. Bea, morena con tetas firmes, tenía a Fani contra la barandilla, besándola con lengua, manos metidas en el tanga. Fani gemía bajito, arqueando la espalda. Sentí un calor en el coño, me toqué sin darme cuenta, el corazón latiéndome fuerte por el riesgo de que me vieran.

Los días siguientes, tensión pura. En el ascensor, el martes, coincidimos las tres. El zumbido del motor, el olor a su perfume mezclado con sudor. Bea me miró con picardía, Fani se mordió el labio. ‘Qué calor hace hoy, ¿no?’, dijo Bea, rozándome el brazo. Sentí su piel caliente. El ascensor paró en mi piso, pero Fani pulsó el botón de nuevo. ‘Quédate un rato’, susurró Bea, su aliento en mi cuello. La puerta se cerró, y pum, la barrera cayó. Fani me besó primero, lengua invasora, saboreando mi boca mientras Bea me bajaba los pantalones. ‘Shhh, no hagas ruido, los vecinos…’, jadeé, pero mi coño ya chorreaba.

La mirada que lo cambió todo

En ese cubículo estrecho, olía a sexo crudo. Bea se arrodilló, luz parpadeante iluminando su cara. Me abrió las piernas, lamió mi tanga empapado. ‘Qué rico tu coño, vecina’, murmuró, tirando la tela a un lado. Su lengua entró directa al clítoris, chupando fuerte, dedos hurgando mi entrada húmeda. Gemí, tapándome la boca, oyendo pasos en el pasillo de abajo. Fani me besaba el cuello, pellizcándome los pezones duros como piedras. ‘Córrete ya, puta’, me ordenó Bea, metiendo dos dedos y follándome rápido. El slap-slap de su mano contra mi carne, mi jugo goteando al suelo. Fani se bajó los shorts, restregó su coño peludo contra mi muslo, mojándome toda. Cambiaron: Fani en mi cara, su culo abriéndose sobre mi boca. Lamí su ano salado, tragué su flujo dulce mientras Bea me penetraba con tres dedos, el pulgar en mi clítoris hinchado. ‘¡Joder, me corro!’, grité ahogada, temiendo que el ascensor se abriera. Ondas de placer me sacudieron, piernas temblando, ellas riendo bajito mientras se lamían mutuamente los dedos llenos de mí.

El secreto compartido al día siguiente

El ascensor llegó a su piso, salimos jadeantes, ropa arrugada. ‘Ven cuando quieras, vecinita’, guiñó Fani. Cerraron la puerta, yo subí a pie, coño palpitando, piernas flojas.

Al día siguiente, en el pasillo, cruce de miradas. Bea saliendo con la basura, sonrisa ladeada. ‘Buenos días, ¿dormiste bien?’, preguntó, voz inocente pero ojos comiéndome. Fani detrás, rozándome el culo disimuladamente. ‘Perfecto, gracias’, respondí ruborizada, sintiendo el secreto quemándonos. Pasos lejanos de otros vecinos, pero nosotras sabíamos. El ascensor pitó, subí con ellas, solo un roce de manos prometiendo más. Ahora cada ruido en el edificio me excita, imaginando sus coños esperándome.

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