Era una tarde de finales de septiembre, el sol filtraba por las persianas del balcón. Yo, con mis cincuenta tacos, casada y aburrida, me asomé a fumar un cigarro. Ahí estaba él, mi vecino del quinto, ese chaval de treinta que se mudó hace un año. Semidesnudo, solo con unos boxers ajustados, sudando mientras arreglaba una planta. Su polla marcaba el tejido, gruesa, semi erecta. Me quedé mirando, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio? No sé, pero sentí un calor entre las piernas.

Los días siguientes, nos cruzábamos en el pasillo. ‘Buenas, ¿qué tal?’, decía él con esa sonrisa pícara. Yo, ‘Bien, ¿y tú?’. El eco de sus pasos en el suelo de mármol, el olor a su colonia fresca. Una vez, en el ascensor, solos. Puertas cerrándose con ese zumbido metálico. ‘Hace calor hoy, ¿eh?’, murmuró, acercándose un poco. Nuestros brazos rozaron. Mi falda ligera subía sola, sus ojos bajaron a mis tetas. ‘Sí… mucho’, respondí, voz temblorosa. Su mano rozó mi cadera. ‘Joder, no debería…’, dijo, pero ya me besaba. Lenguas enredadas, saliva caliente. El ascensor paró en mi piso, pero no salí. Subimos al suyo.

La Tensión que Nació en el Balcón

Entramos a su piso, puerta azotando. ‘Mi mujer no está, pero los vecinos oyen todo’, jadeó. Lo empujé contra la pared del pasillo. ‘Me da igual, fóllame ya’. Le bajé los pantalones, su polla saltó, venosa, cabezona, goteando pre-semen. La chupé ahí mismo, de rodillas, el suelo frío contra mis rodillas. ‘Mmm, qué puta boca’, gruñó, agarrándome el pelo. Lamí sus huevos peludos, tragué hasta la garganta, arcadas húmedas. Él me levantó la falda, rasgó mi tanga. ‘Estás empapada, zorra’. Dos dedos en mi coño, chapoteando, jugos chorreando por mis muslos.

Me llevó al salón, cortinas entreabiertas, riesgo de que nos vieran desde enfrente. Me tiró en el sofá, piernas abiertas. ‘Mira cómo te abro’, dijo, lamiendo mi clítoris hinchado. Lengua rápida, chupando fuerte, mordisqueando labios mayores. Gemí alto, ‘¡Cállate, joder, nos oyen!’. Pero no paré, arqueé la espalda. Su polla contra mi entrada, empujó de golpe. ‘¡Aaaah!’, grité. Entró entera, estirándome, follando salvaje. Paredes finas, oía pasos en el pasillo. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme el coño’. Él embestía, tetas rebotando, sudor goteando. Cambiamos, yo encima, cabalgando, nalgas chocando. ‘Me corro… ¡me corriiiio!’, chillé, chorros calientes en su polla. Él explotó dentro, semen caliente llenándome, gruñendo como animal.

El Placer Brutal y el Secreto Compartido

Después, tumbados, respirando agitados. ‘Esto fue una locura’, susurró, acariciándome el culo. Nos vestimos rápido, besos robados. ‘Mañana nos vemos como si nada’. Salí, piernas temblando, coño palpitando.

Al día siguiente, en el pasillo. Él saliendo con bolsas. Nuestros ojos se cruzaron, sonrisa cómplice. ‘Buenos días, vecina’. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’. El secreto quemaba, su mirada bajando a mi escote. Pasos alejándose, pero ya pensaba en la próxima. El ascensor nos espera.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *