Vivo en un bloque viejo de Madrid, paredes finas y balcones que se miran. Me llamo Ana, 32 años, divorciada y ninfómana total. Adoro el riesgo, que me pillen o pillar yo. Mi vecino Pablo, 20 años, guapísimo pero en silla de ruedas desde un accidente. Lo observo a menudo. La semana pasada, noche cerrada, luz filtrando sus persianas entreabiertas. Me asomo al balcón, aire fresco en la piel, y ahí está: pantalón bajado, polla en la mano, pajeándose furioso. Gime bajito, el sonido viaja con el viento. Se corre a chorros, semen salpicando el suelo. Me mojo al instante, coño palpitando. Pienso: ‘Joder, qué desperdicio de verga dura’. Al día siguiente, ascensor. Entramos solos, él delante en la silla, yo detrás. Puerta cierra con ese clic metálico. Rozo su hombro ‘sin querer’, huelo su colonia fresca. ‘Buenas, Ana’, dice con voz ronca. ‘Pablo, ¿todo bien?’. Silencio pesado, calor subiendo. Mi mano roza su nuca, él gira la cabeza, ojos hambrientos. ‘Eh… ¿vienes a mi piso? Mamá sale dos horas’. Corazón latiendo fuerte, ascensor para en su planta. Entro temblando, puerta cierra suave.

Dentro, salón oscuro, luz de tarde colándose. ‘Siéntate’, murmura. Me pongo de rodillas frente a él, falda subiendo por muslos. ‘Te vi anoche, Pablo. Pajeándote como loco’. Se sonroja, pero polla ya abulta pantalón. ‘Joder, Ana… no pude evitarlo’. Bajo cremallera despacio, saqué esa polla gorda, venosa, aún flácida sobre huevos pesados. La agarro base, aprieto. Se endurece rápido, glande hinchándose morado. ‘Mira cómo crece, cabrón’. Él gime, mano sobre la mía, guiándome. Va-et-vient rápido, piel resbalando. ‘Me voy a correr ya’, jadea. Retiro mano, él solo, chorros calientes salpicándome falda. ‘Ahora tú, zorra’. Me levanto, quito braga empapada. Coño rasurado chorreando, labios hinchados. Abro piernas, muestro todo. ‘Tócame’. Su dedo torpe entra, revuelve jugos. Gimo alto, miedo a vecinos oigan. ‘Cállate o nos pillan’, susurra excitado. Me subo corsé, tetas grandes saltando, pezones duros. Él chupa uno, muerde. No aguanto, monto silla, espalda contra su pecho. Agarro polla tiesa, la clavo en coño de un golpe. ‘¡Aaaah, joder, qué prieta!’. Rompo vírgenes? No, pero duele rico. Subo bajo, tetas rebotando, sudor goteando. Él manos en caderas, empuja débil pero hondo. ‘Fóllame más fuerte, Pablo’. Oigo pasos pasillo, paramos jadeantes. Nada, sigue. ‘Me corro dentro’, gruñe. Jets calientes llenan coño, yo froto clítoris, orgasmo brutal, piernas temblando, grito ahogado. Chorros míos mezclados con su leche bajando muslos.

La Mirada Voyeur y la Tensión en el Ascensor

Desmonto, beso su boca salada. ‘Eres una diosa, Ana’. Limpio rápido, semen pegajoso en kleenex. Vístete, mamá vuelve. Salgo flotando, coño ardiendo. Al día siguiente, pasillo estrecho, cruce casual. Él en silla, yo con bolsas. Miradas cómplices, sonrisas torcidas. ‘Buen día’, digo bajito. ‘El mejor’, responde, guiño. Paredes finas, secreto quema. Ya planeo próxima: balcón abierto, para que oigan gemidos.

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