Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en un edificio viejo en Bilbao, paredes finas, balcones pegados. El otro día, sobre las once de la noche, oigo gemidos. Bajitos al principio, como suspiros ahogados. Me acerco a la ventana, corro las persianas un pelín… y allí está él, mi vecino del 5ºB, Javier. Solo en su salón, luces tenues filtrándose, con los pantalones bajados. Se masajea la polla tiesa, grande, venosa, goteando ya. El aire fresco del balcón entra, huelo su sudor mezclado con colonia barata. Me mojo al instante, el coño palpita. Él no me ve, pero yo sí, mordiéndome el labio.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. ‘Buenas, ¿qué tal?’, dice con esa sonrisa pícara, ojos clavados en mis tetas bajo la camiseta fina. Siento el calor subir, recuerdo su pija en la mano. ‘Bien, y tú… ¿dormiste?’, balbuceo, voz ronca. Él se acerca, huele a jabón fresco. ‘Soñé con masajes’, susurra, rozándome el brazo. El ascensor llega vacío. Entramos, puertas cierran. Silencio pesado, su respiración acelerada. ‘Te vi anoche, ¿sabes?’, dice de golpe. Me paralizo. ‘¿En serio? Joder…’, tartamudeo. Su mano sube por mi muslo, bajo la falda. ‘Me pusiste cachondo tú también’. El ascensor frena entre pisos, luz parpadea. ¿Bloqueado? No sé, pero la barrera cae. Lo empujo contra la pared, beso salvaje, lenguas enredadas.
La mirada indiscreta y la tensión en el pasillo
Sus manos arrancan mi blusa, aprietan mis tetas duras, pellizcan pezones. ‘Qué coñazo rico tienes’, gruñe, metiendo dedos en mi tanga empapada. Gimo fuerte, eco en el metal. ‘Cállate o nos oyen’, dice riendo, pero me come la boca. Bajo su cremallera, agarro esa polla enorme, palpitante, como la vi anoche. La chupo voraz, saliva chorreando, bolas en la mano. Él jadea, ‘Joder, qué boca puta’. Me pone de rodillas, folla mi garganta, pelo en puño. Luego me levanta, falda arriba, tanga a un lado. ‘Abre las piernas, vecina’. Me penetra de un golpe, polla gruesa abriéndome el coño chorreante. Empotra brutal, plaf plaf contra mis nalgas, sudor goteando.
El polvo intenso y el regreso cargado de secreto
‘¡Más fuerte, cabrón!’, suplico, uñas en su espalda. Siento el ascensor temblar, voces lejanas abajo. Miedo y morbo: ¿y si abre? Me da igual, orgasmo sube. Él me gira, contra espejo, tetas aplastadas, me sodomiza el coño desde atrás. Dedos en mi culo virgen, untados en mis jugos. ‘Te voy a romper el ojete’, amenaza. Empuja un dedo, duele rico, gimo ahogada. Polla hinchada, me llena, chorros calientes dentro. Exploto, coño contrayéndose, chorro mojando el suelo. Él ruge, semen desbordando por muslos.
Quedamos jadeantes, cuerpos pegados, olor a sexo denso. Botón de emergencia, ascensor baja. Nos arreglamos a prisa, semen goteando aún. Puertas abren, salimos normales. Él guiña ojo, ‘Hasta mañana, preciosa’. Yo ruborizada, coño palpitando. Al día siguiente, pasillo, nos cruzamos. ‘¿Café?’, pregunta inocente. Sonrío cómplice, secreto ardiendo. ‘En mi casa, pero con masaje’. Sus ojos brillan. El edificio guarda nuestro polvo prohibido, vecinos ciegos al frenesí. Aún me excito sola recordando esos pasos en el pasillo, el ding del ascensor… ¿repetimos?