Estaba en mi salón, con la luz del atardecer filtrándose por las persianas entreabiertas. El calor del día aún pesaba en el aire. Oí pasos en el pasillo, suaves, como tacones que dudan. Miré por la rendija… y ahí estaba ella. Mi vecina del 4ºB, Oeke, la holandesa que se mudó hace meses. Rubia rojiza, piel pálida salpicada de pecas. Desnuda en su balcón, arcada sobre las manos, el culo en pompa. Entre sus piernas apretadas, una tulipán roja. La flor rozaba sus tetas pequeñas, la tija desaparecía en su coño.

Me quedé helada. Su respiración jadeante llegaba amortiguada por la pared fina. Subía y bajaba las caderas, lento al principio. Los pétalos carnosos humedecidos, brillando. Un escalo se desprendió, cayó sobre su pezón erecto. Gimió bajito, ‘mmmh…’, y hundió más la tija. El jugo verde chorreaba por sus muslos. No podía apartar la vista. Mi clítoris palpitaba ya, mojada solo de mirarla. El peligro de que me viera… uf, me ponía a mil.

La mirada furtiva y la tensión en el ascensor

Al día siguiente, en el ascensor. Solas. Ella con falda corta, yo con pantalones ajustados. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrojada, mordiéndose el labio. ‘¿Viste algo anoche?’, susurró, voz ronca. Dudé, corazón acelerado. ‘Tu balcón… esa flor roja…’. Se acercó, su aliento fresco. ‘¿Te gustó?’. El ascensor pitó en su planta. ‘Ven a mi piso. Ahora’. La puerta se abrió, la seguí. Manos temblando, cerramos la puerta. La barrera cayó. Sus labios en los míos, urgentes.

Me empujó contra la pared del pasillo. ‘Quiero tu lengua en mi coño’, jadeó. Le bajé las bragas de un tirón. Mojada, hinchada. Lamí su clítoris, salado, mientras ella gemía fuerte. ‘¡Cuidado, nos oirán!’, le dije, pero ella rió: ‘Que oigan, joder’. Me metió los dedos en la boca, luego en su culo. La penetré con dos, dura. ‘¡Sí, así!’. Cayó de rodillas, sacó mi polla… espera, no, soy mujer, pero ella tenía un consolador en el cajón. ‘Fóllame con esto’. Se lo clavé, profundo. Su coño chupaba el silicona, chapoteaba. ‘Más fuerte, puta’, gruñía. La puse a cuatro, embistiéndola. Paredes finas, oí al vecino toser. El miedo nos excitaba más. Le pellizqué los pezones, rojos como la tulipán. ‘¡Me corro! ¡Ahhh!’. Su culo tembló, squirt en el suelo.

Follada salvaje con el miedo a ser pillados

No paró. Me tumbó en su cama, aún oliendo a jazmín. Se sentó en mi cara, restregando su coño empapado. ‘Bebe mi leche’. Yo me tocaba, dedos en mi ano. Luego, 69. Su lengua en mi clítoris, dedos en mi coño y culo. ‘Estás tan apretada…’. Grité, mordiendo la almohada. El placer del interdit, tan cerca de casa. Nos corrimos juntas, sudadas, temblando. ‘Otra vez’, pidió, empalándose en mis dedos. La follé hasta que suplicaba.

Después, ducha rápida. Agua caliente, besos lentos. ‘Vuelve cuando quieras’, murmuró. Salí flotando. Al día siguiente, en el pasillo. Cargando bolsas. Nuestros ojos se encontraron. Sonrisa pícara. ‘Buenas noches vecina’, dijo bajito, guiñando. El ascensor llegó, entramos. Mano en mi culo disimulada. El secreto quema, delicioso. Cada crujido en la pared ahora promete más.

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