Me llamo Isabel, tengo 45 años y vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con balcones que se miran de reojo. Mi marido viaja mucho, los chicos ya no están en casa… estoy sola, cachonda, y me encanta el morbo de lo prohibido. El otro día, estaba en mi balcón fumando un cigarro al atardecer. La luz naranja filtraba por las persianas del vecino del ático, ese tipo de unos 40, musculoso, con barba de tres días que me pone. Lo vi clarito: estaba desnudo, de pie frente al espejo, con la polla dura en la mano, pajeándose lento. Su mano subía y bajaba, los huevos balanceándose, gruñendo bajito. Sentí un calor en el coño, me mojé al instante. Apagué el cigarro y me quedé mirando, tocándome por encima del pantalón corto.
Al día siguiente, bajo al garaje. El ascensor se para en su piso. Entra él, oliendo a colonia fuerte, camiseta ajustada marcando pectorales. Nuestras miradas se cruzan, sonrío nerviosa. ‘Buenas tardes’, dice con voz grave. El ascensor arranca, viejo, traquetea. De repente, frena en seco entre pisos. ‘Mierda’, murmura. Estamos solos, el aire se carga. Me roza el brazo al intentar pulsar el botón de emergencia. ‘Perdón’, dice, pero su mano se queda un segundo de más en mi cintura. Siento su aliento en el cuello. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, balbuceo, el corazón latiéndome fuerte. Él se acerca, su polla ya semi-dura contra mi culo a través del pantalón. ‘Desde ayer te vi mirando’, susurra. Ay, Dios… ‘Yo… no sé de qué hablas’. Pero mi mano ya va a su bragueta. La bajo, saco esa polla gruesa, venosa, que vi anoche. Nos besamos salvajes, lenguas enredadas, mientras el ascensor sigue parado.
La mirada indiscreta y el roce en el ascensor
No aguantamos. Él me baja los shorts y las bragas de un tirón. ‘Qué coño más rico, Isabel’, gime, metiendo dos dedos dentro. Estoy empapada, chorreando jugos por los muslos. Me da la vuelta, me apoya contra la pared metálica fría. Siento sus dedos abriéndome el culo, rozando el ano. ‘Fóllame ya, joder’, le ruego, jadeando. Escupe en su polla y me la clava de una embestida. Ay… duele y mola a la vez, me llena entera. Empieza a bombear fuerte, polla entrando y saliendo, chapoteando en mi coño. ‘Cállate o nos oyen’, dice, pero me folla más duro, sus huevos golpeando mi clítoris. Gimo bajito, mordiéndome el labio, el olor a sexo impregnando el ascensor. Me agarra las tetas por debajo de la camiseta, pellizca los pezones duros. ‘Me vas a hacer correrte’, gruño. Él acelera, ‘Córrete, puta vecina’. Siento la luz del pasillo filtrando por la rendija de la puerta, pasos lejanos en el rellano. El morbo me explota: orgasmo brutal, coño contrayéndose alrededor de su polla, chorros calientes bajando por mis piernas. Él se corre dentro, leche espesa llenándome, gimiendo en mi oído.
El ascensor arranca de golpe, como si nada. Nos subimos la ropa a toda prisa, sudados, oliendo a folleteo. Salimos en mi planta, él me guiña un ojo. ‘Hasta mañana, vecina’. Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Pasos suaves en el suelo de mármol, luz tenue del amanecer. Nuestras miradas se clavan, sonrisa cómplice. ‘Buenos días’, dice él, rozándome la mano. Siento su calor aún en el coño, el secreto quemándonos. Bajo la cabeza, ruborizada pero cachonda. ‘Sí… buenos días’. Cierro la puerta, ya pensando en la próxima. Ese polvo ha despertado algo en mí. El riesgo de los vecinos, de ser oída… adictivo.