Ayer por la tarde, estaba en mi balcón regando las plantas. El sol filtraba por las persianas de los vecinos de enfrente, y de repente… los vi. Él, Diego, mi vecino del quinto, torse nu, sudado, con esos músculos que parecen tallados. Ella, una morena como yo, pero con tetas más grandes, se frotaba contra él. Oí sus risas, un jadeo ahogado. Mi coño se mojó al instante. Me encanta eso, el morbo de espiar sin que te pillen.

Bajé al garaje a por el coche, el corazón latiéndome fuerte. En el ascensor, solo. Puertas cerrándose… y de pronto, pasos rápidos en el pasillo. Era él, solo, con una camiseta ajustada que marcaba todo. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas tardes, Carmen’, dijo con esa voz grave, brasileña. ‘Diego… qué casualidad’. El ascensor arrancó, lento, entre pisos. El aire estaba cargado, olía a su colonia mezclada con sudor.

La mirada que lo encendió todo

Silencio pesado. Yo apoyada en la pared, él cerca. ‘Te vi ayer en el balcón’, solté, mordiéndome el labio. Se acercó, su aliento en mi cuello. ‘¿Y qué viste?’. Sus manos en mi cintura, el ding del ascensor sonando lejano. ‘Lo suficiente para mojarme’. La barrera cayó. Me besó con furia, lengua invadiendo mi boca, manos subiendo mi falda. ‘Joder, Carmen, eres una puta viciosa’. El ascensor paró en el 3, pero nadie entró. Frío del metal en mi espalda.

Lo empujé contra la pared opuesta. ‘Cállate y déjame probarte’. Bajé su cremallera, saqué esa polla gruesa, venosa, ya dura como piedra. Olía a macho, a deseo puro. Lamí la base, subiendo lento, saliva chorreando. Él gimió bajo, ‘Cuidado, nos oyen los vecinos’. Eso me puso más, el riesgo de los pasos en el pasillo, las puertas abriéndose. Abrí la boca, tragué el capullo, succionando fuerte. Sus bolas en mi mano, apretándolas suave.

El clímax enjaulado y el secreto compartido

Diego me agarró el pelo, follando mi boca. ‘Mámamela entera, zorra’. La polla palpitaba, pre-semen en mi lengua. Giré la cabeza, lamiendo las venas, metiendo un dedo en su culo apretado. Se tensó, ‘¡Joder, sí!’. El ascensor vibraba, luz parpadeando. Oí voces fuera, vecinos charlando. Aceleré, garganta profunda, babeando todo. Él explotó, chorros calientes llenándome la boca. Tragué todo, lamiendo limpio, sin dejar rastro.

Se recompuso rápido, yo me limpié los labios. Ding, planta baja. Salimos como si nada, pero su mirada… fuego. ‘Mañana más’, susurró. Hoy en el pasillo, cruzándonos con la compra. Nuestras manos rozaron, sonrisa cómplice. Él oliendo a café, yo a sexo recordado. Los vecinos pasando, ajenos. Ese secreto quema, me hace mojar solo pensarlo. ¿Repetimos en el balcón?

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