Vivo en un edificio viejo de Madrid, paredes finas como papel. Siempre oigo a los vecinos. Pero esta vez fue con Javier, el del 4ºB, soltero y buenorro. Hacía semanas que lo pillaba mirándome las tetas en el pasillo. Él, con esa sonrisa pícara, yo sintiendo el cosquilleo entre las piernas.
Esa noche, Pablo, mi marido, me sacó de quicio otra vez. ‘¿Vas de puta?’, gritó, oliendo mis bragas. Me puse el string negro, falda cortita que apenas tapaba el culo, blusa fina sin sujetador –mis pezones marcando–, abrigo largo y tacones que resonaban en el suelo. Bajé furiosa al ascensor. Las puertas se abrieron en el 3º. Ahí estaba Javier, corbata floja, olor a colonia fuerte. Nuestras miradas chocaron. ‘Buenas noches, Lucía… ¿Todo bien?’, murmuró, ojos bajando a mi escote. El ascensor zumbaba, bajando lento. Me apoyé en la pared, sintiendo el metal frío. ‘No, joder, bronca con Pablo’. Él se acercó un paso, el espacio se achicó. Su mano rozó mi cadera ‘accidentalmente’. El corazón me latía fuerte, el danger de las cámaras o alguien subiendo… ‘Ven a mi piso, un trago te vendrá bien’. Dudé, pero el calor entre mis muslos decidió. ‘Vale, pero rápido’.
La tensión que explota en el ascensor
Subimos al 4º. Abrió la puerta, luces apagadas. ‘Hoy jugamos a ciegas, sin verme lasciva’, susurró riendo. Oscuridad total, solo el pitido del interfono. Me quitó el abrigo, sus dedos temblando en mis hombros. Sentí su aliento en el cuello. Caminamos a tientas por el salón, tropezando con muebles. ‘Siéntate’, dijo, guiándome al sofá. Su muslo contra el mío, caliente. Whisky en la mano, lo bebí de golpe, mareada ya. ‘¿Miedo?’, preguntó. ‘Un poco… pero me pone’. Sus labios rozaron mi oreja. ‘Déjame tocarte’. No dije no. Sus manos subieron por mis tetas, pellizcando pezones duros. Gemí bajito, pensando en los vecinos abajo. ‘Shhh, o nos oyen’.
Me levantó, tour por la casa en negro: cocina, pasillo, su cuarto. En la mezzanine, me acorraló. ‘No pares’, susurré cuando sus dedos entraron en mi falda, apartando el string. Estaba empapada, coño chorreando. ‘Joder, qué mojada’, gruñó. Me besó el cuello, mordiendo. Bajó la blusa, chupando tetas, lengua en círculos. Yo arqueándome, uñas en su espalda. ‘Fóllame ya’, rogué. Me puso a cuatro patas en la moqueta, polla dura contra mi culo. Entró de golpe, gruesa, llenándome. ‘¡Ahhh!’, ahogué el grito. Embestidas brutales, plaf plaf, sudor goteando. ‘Más fuerte, joder, rómpeme el coño’. Su mano en mi clítoris, frotando. Miedo a gemir alto, paredes finas, Pablo quizás oyendo. Pero el placer… Me corrí temblando, coño apretando su verga. Él no paró, follándome como animal. ‘Te voy a llenar’, jadeó. Caliente, su leche dentro, chorreando piernas.
Follada brutal con miedo a los vecinos
No acabó. Me llevó a la cama de invitados, encendió la luz tenue. Nuestros cuerpos sudados, su polla tiesa otra vez. ‘Ahora despacio’, pedí. Me lamió el coño, lengua en el ano, saboreando su propio semen mezclado con mis jugos. ‘Deliciosa puta’. Me penetró lento, miradas clavadas. Besos húmedos, tetas rebotando. Segundo orgasmo brutal, mordiéndome el hombro para no gritar. Él explotó dentro, gruñendo.
A las 5 am, me vestí a prisa, piernas flojas, semen secándose en muslos. Bajé sigilosa. Al día siguiente, pasillo. Javier saliendo con bolsas. Nuestras miradas: complicidad quemante. ‘Buenos días, vecina… ¿dormiste bien?’, guiñó. Sonreí, coño palpitando aún. ‘Como un bebé… hasta la próxima’. Él rió bajito. El secreto nos une, el edificio guarda nuestro polvo prohibido.