Vivo en un edificio viejo en Madrid, de esos con balcones pegados y paredes finas. La del quinto, Laura, es una morena de curvas que me volvía loca. La primera vez la pillé por casualidad. Era de noche, yo fumaba en mi balcón con el aire fresco rozándome la piel, y vi luz filtrándose por sus persianas entreabiertas. Se movía raro, gemía bajito. Me acerqué sigilosa, el corazón latiéndome fuerte, y la vi: sentada en su sofá, piernas abiertas, mano entre las piernas frotándose el coño con furia. Llevaba un vídeo porno de lesbianas en la tele, dos tías lamiéndose como locas. Me mojé al instante, el olor a jazmín del balcón mezclándose con mi excitación.

Al día siguiente, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entramos solas, ella con falda corta que se subía al sentarse. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa pícara. ‘¿Qué tal la noche?’, dijo rozándome el brazo. ‘Caliente’, solté sin pensar, y ella rió, mordiéndose el labio. El ascensor paró en su piso, me invitó: ‘Sube un rato, tengo una peli que te gustará’. Dudé, pero el frisson del peligro me empujó. Entramos en su piso, luces tenues, persianas bajadas pero no del todo. Puso la cassette, las mismas lesbianas de anoche. ‘¿La viste?’, preguntó. ‘Por el balcón’, confesé ruborizada. Se acercó, su aliento cálido en mi cuello. ‘Me excita que me espíes’. Sus labios rozaron los míos, titubeantes al principio, luego lengua dentro, saliva mezclándose.

El roce casual que encendió la chispa

La tensión explotó. Nos desnudamos rápido, ella quitándome la blusa con manos temblorosas. ‘Joder, qué tetas tan ricas’, murmuró chupándome un pezón. Me tumbó en el sofá, el mismo donde la vi anoche. Sus dedos bajaron a mi coño, ya empapado. ‘Estás chorreando, puta voyeur’. Metió un dedo, luego dos, follándome despacio mientras lamía mis tetas. Yo gemía, ‘Cállate o nos oyen’, pero no podía parar. Le abrí las piernas, su coño depilado brillando, clítoris hinchado. Lo lamí, sabor salado y dulce, lengua girando alrededor. ‘¡Sí, así, joder!’, gritó ella, arqueándose. La penetré con los dedos, tres ya, bombeando fuerte. El sofá crujía, ruidos del edificio: un vecino tosiendo al lado. El miedo nos ponía más calientes.

Placer desbocado y el miedo delicioso

Se puso encima, tribbing puro, coños frotándose, clítoris contra clítoris, resbaladizos de jugos. ‘Me corro, me corro’, jadeaba yo, uñas clavadas en su culo. Ella aceleró, ‘¡Fóllame más, zorra!’. Eyaculé como nunca, squirt salpicando el sofá, su cara empapada. Me besó, metiéndome mi propio sabor en la boca. Luego la puse a cuatro, lengua en su ano primero, luego coño, mordisqueando labios. Encontré un pepino en la cocina, grueso, lo unté con su leche y se lo metí. ‘¡Aaaah, duele pero qué rico!’, chilló. Lo follé con él mientras me masturbaba contra su muslo. Vino temblando, chorros calientes por sus piernas. Gritamos juntas, el pasillo debió oírnos, pero qué más da.

Nos quedamos jadeando, abrazadas, sudor pegándonos. ‘Eres increíble’, susurró besándome el cuello. Apagamos todo, nos vestimos temblando. Al día siguiente, cruzándonos en el pasillo. Pasos lentos, miradas cómplices. ‘Buen día’, dijo guiñándome, mano rozando mi culo disimuladamente. Sonreí, el secreto quemándonos por dentro. Ahora cada ascensor es promesa de más.

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