Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a media tarde, cuando los oí. El rugido de las motos en el parking del edificio. Mis vecinos, Francis y sus colegas moteros, siempre armando jaleo. Miré por las rendijas de la persiana… Francis, ese cabrón alto y tatuado del 4ºB, descargaba cascos y botas. Detrás, su amiga, casi en pelotas con botas altas negras y un liguero que le marcaba el coño depilado. Se reían, él le pellizcaba el culo. El corazón me latió fuerte. Yo, siempre voyeur, me mojé al instante pensando en lo que harían.

Esa noche, en el ascensor, coincidí con Francis. Solo nosotros dos, el aire cargado de olor a cuero y gasolina. ‘¿Qué tal, vecina?’, dijo con esa sonrisa de lobo, mirándome las tetas bajo la camiseta fina. Sus botas crujían en el suelo metálico. Yo, con falda corta, crucé las piernas. ‘Bien… vi vuestras motos. ¿Fiesta?’, balbuceé, sintiendo su mirada bajando a mis muslos. Se acercó un paso, el ascensor pitó en el 3º. ‘Ven al garaje mañana. Te enseño algo… especial’, susurró, rozándome el brazo. El calor me subió por el cuello. Asentí, la puerta se abrió y salí temblando, el coño palpitando.

La mirada indiscreta y el ascensor cargado

Al día siguiente, bajé al garaje subterráneo. Oscuro, húmedo, eco de goteras. Francis y tres moteros más: el barbudo grandote Valentin, el flaco Fabien y el moreno Lionel. Todos con chalecos de cuero, cascos en mano. ‘Aquí está nuestra voyeur vecina’, rió Francis. Me quitaron la chaqueta, admirando mi tanga. ‘Quítatelo todo menos las botas’, ordenó. Obedecí, tetas al aire, pezones duros por el fresco. Me arrodillé en el suelo sucio, pollas saliendo de braguetas. La primera, la de Francis, gorda y venosa. ‘Chúpala, puta’, gruñó. La tragué, saliva chorreando, el sabor salado llenándome la boca. Gemí bajito, miedo a que alguien oyera los slap-slap de mi garganta.

El garaje: pollas, lefa y eco de gemidos

Valentin era enorme, su polla curva me ahogaba. ‘Joder, qué boca’, jadeó, agarrándome el pelo. La mamé despacio, lamiendo el glande hinchado, bolas peludas en mi barbilla. Fabien eyaculó rápido, lefa caliente salpicándome la lengua, tragué todo con un ‘glup’ audible. ‘¡Cuidado, que nos pillan!’, susurré entre pollas, eco rebotando. Lionel duró poco, su corrida amarga me llenó la boca, tragando para no derramar. Valentin me folló la cara fuerte, ‘¡Toma, zorra vecina!’, hasta que explotó, chorros espesos bajándome por la garganta. Sudor, olor a macho, coño chorreando sin que me tocaran. Francis me levantó, me abrió las piernas contra el pilar frío. ‘Ahora a follarte el coño’, metió su polla de un empujón, empotrándome. Gemí alto, ‘¡Shhh!’, pero el placer del riesgo me volvía loca. Me corrió dentro, caliente, mientras yo temblaba en orgasmo.

Subí a casa, piernas flojas, sabor a semen en la boca. Al día siguiente, pasillo del edificio. Francis saliendo, me guiñó: ‘Buen secreto, ¿eh?’. Sonreí, mordiéndome el labio, cruzando piernas al recordar su polla. Valentin pasó detrás, susurró ‘Repetimos, vecinita’. El ascensor pitó, miradas cómplices. Nadie sabe, pero cada crujido de botas me moja. El edificio guarda nuestro vicio.

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