Era una tarde de mayo, el sol filtrándose por las persianas entreabiertas. Yo en mi salón, con una copa de vino en la mano, mirando sin querer por la ventana. Al otro lado del patio interior, en el balcón del vecino del cuarto, ahí estaba él. Carlos, el tipo nuevo que se mudó hace un mes. Alto, moreno, con ese cuerpo marcado de gym. Estaba solo, en boxers, fumando un cigarro. Pero de repente… se los bajó. Su polla dura, gruesa, en la mano. Se la meneaba despacio, los ojos cerrados, el humo saliendo de su boca. El corazón me dio un vuelco. Me quedé paralizada, mirando cómo su mano subía y bajaba, la cabeza hinchada brillando al sol. ¿Me vio? No sé, pero sentí un calor entre las piernas. Me toqué por encima del pantalón corto, húmeda ya.
Al día siguiente, en el ascensor. Entró él, con su sonrisa de siempre. ‘Buenas tardes, vecina’, dijo, oliendo a colonia fresca. Yo con mi falda ligera, sin bragas porque… ¿por qué no? El ascensor viejo, chirriando, se paró entre pisos. Luz parpadeante, aire cargado. Nuestros cuerpos cerca, su aliento en mi cuello. ‘¿Calor, eh?’, murmuró, su mano rozando mi cadera. No dije nada, solo lo miré. Sus ojos bajaron a mis tetas, marcadas bajo la blusa fina. La tensión era eléctrica. Sentí su polla endurecerse contra mi culo cuando el ascensor dio un brinco. ‘Joder, qué ganas…’, susurró. Y yo, con voz temblorosa: ‘Aquí… ahora’. La barrière cayó. Puertas cerradas, pero el edificio vivo: pasos en el pasillo de arriba, risas lejanas.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
Me giré, lo besé con furia. Lenguas enredadas, saliva mezclada. Sus manos bajo mi falda, dedos directos a mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó. Le bajé la cremallera, saqué esa polla enorme que vi ayer. Venosa, palpitante, goteando precum. Me arrodillé en el suelo sucio del ascensor, el olor a metal y sudor. La chupé como loca, garganta profunda, babeando. Él gimiendo: ‘Sí, así, trágatela toda’. Ruido arriba, alguien caminando. El miedo me excitó más, mi clítoris hinchado. Me levantó, me pegó a la pared. Falda arriba, piernas abiertas. Entró de un empellón, su polla abriéndome en canal. ‘¡Ahhh, joder, qué prieta!’, jadeó. Me follaba brutal, sin piedad, tetas rebotando, pezones duros rozando su camisa. El ascensor temblaba con cada embestida, ‘¡plaf, plaf!’, eco en el hueco. Sudor goteando, mi coño chupándolo, jugos por sus huevos. ‘Cállate o nos pillan’, susurré, mordiéndome el labio. Pero gemí fuerte cuando me dio en el fondo, mi G-spot explotando. Él aceleró: ‘Me corro… ¡toma, zorra!’. Chorros calientes llenándome, semen escurriendo por mis muslos. Yo temblando en orgasmo, uñas en su espalda, el placer del riesgo quemándome.
El polvo brutal y el silencio culpable
Paramos jadeando, ropa revuelta. Pulsó el botón, el ascensor bajó chirriando. Puertas abiertas, pasillo vacío. ‘Hasta mañana, vecina’, guiñó, limpiándose la boca. Yo subí a mi piso, piernas flojas, coño palpitante, olor a sexo impregnado.
Al día siguiente, cruzándonos en el pasillo. Luz tenue, pasos amortiguados en el suelo de mármol. Él con su bolsa de gym, yo con la compra. Nuestras miradas se clavaron, cómplices, calientes. ‘Buen polvo, ¿eh?’, murmuró bajito, rozando mi mano. Sonreí, sintiendo el secreto ardiendo. ‘Repetimos cuando quieras’. Pasos acercándose, nos separamos fingiendo normalidad. Pero dentro, el fuego sigue. El edificio ya no es el mismo.