Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Vivo en un edificio viejo en el centro, del tercero, y el del ático es un tío que me vuelve loca. Se llama Bao, ojos azules como hielo, cuerpo de gimnasio, con esa barba corta y pelo revuelto. Todo empezó hace dos noches. Estaba en mi balcón fumando un cigarro, el aire fresco de la noche me erizaba la piel, y vi luz filtrándose por las persianas de su ventana. Me asomé un poco, curiosa, y joder… Ahí estaba él, desnudo, secándose después de la ducha. Su polla colgando gruesa, semi-dura, los músculos brillando bajo la luz tenue. Sentí un calor entre las piernas al instante, mi coño se mojó solo de mirarlo. Me quedé paralizada, el corazón latiendo fuerte, pensando ‘¿y si me ve?’. Pero no pude apartar la vista.
Al día siguiente, bajo al garaje y ¡zas!, nos cruzamos en el ascensor. Solo nosotros dos, el zumbido del motor, el olor a su colonia mezclada con sudor fresco. ‘Hola, vecina’, dice con esa voz grave, sonriendo de lado. Yo, nerviosa, ‘hola… ¿bien?’. Nuestros cuerpos tan cerca, su brazo roza el mío, siento su calor. Sube la tensión, el aire se carga. ‘Te vi anoche en el balcón’, murmura, y yo me pongo roja. ‘¿Sí? Eh… solo tomaba aire’. Sus ojos bajan a mis tetas, apretadas en la camiseta. El ascensor para en mi piso, pero no salgo. ‘Sube conmigo’, susurra, su mano en mi cintura. La puerta se cierra de nuevo, y nos besamos como lobos. Lenguas enredadas, sus manos amasando mi culo. ‘Joder, me has puesto cachonda desde ayer’, gimo.
La mirada furtiva y la chispa en el ascensor
Llegamos a su piso, pero no aguanto. En el ascensor de vuelta, paramos entre pisos. Pulso el botón de emergencia, el pitido agudo me excita más. ‘Fóllame aquí’, le digo, bajándole los pantalones. Su polla salta dura, venosa, cabezona, oliendo a macho. Me arrodillo, el suelo frío contra mis rodillas, y me la meto en la boca. Chupa-chupa, saliva goteando, él gime ‘¡joder, qué boca!’. Me pone de pie, me baja las bragas, mi coño chorreando. ‘Mira cómo estás de mojada, puta vecina’. Me empotra contra la pared metálica, el ascensor temblando. Me abre las piernas, mete dos dedos, ‘¡estás empapada!’. Luego, ¡zas!, su polla entra de un golpe, partiéndome el coño. ‘¡Aaaah!’, grito, pero tapo mi boca. Él me taladra fuerte, plac-plac-plac, el sonido húmedo retumbando. ‘Cállate o nos oyen’, gruñe, pero me folla más brutal, pellizcándome los pezones duros. Siento su glande chocando mi cervix, mis paredes apretándolo. ‘Me voy a correr’, jadea, y me llena de leche caliente, chorros potentes. Yo exploto, piernas temblando, squirt salpicando el suelo. El olor a sexo impregna todo, sudor, corrida, mi jugo.
Bajamos jadeando, el ascensor oliendo a follada. ‘Silencio’, dice riendo bajito. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Pasos en el suelo de madera crujiendo, luz del mediodía colándose por la ventana. Él con su bolsa de gym, yo con la compra. Nuestros ojos se clavan, sonrisa cómplice. ‘Buenos días, vecina’, guiña. Bajo la vista a su paquete abultado, recuerdo su polla dentro de mí. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, pregunto pícaramente. ‘Como un bebé, después de descargar’. El vecino del segundo pasa, nos mira raro. Mi coño palpita de nuevo, el secreto quema. Sé que repetiremos, el riesgo nos enciende. Dios, qué vicio este edificio…