Vivo en este viejo edificio del centro con mi amiga Laura. Compartimos un piso en el tercero, siempre con las persianas entreabiertas para fisgar un poco. La vecina del quinto, doña Teresa, me tiene loca. Unos 45 años, curvas maduras bajo esa falda gris de oficina, ojos azules que te desnudan. La he visto entrar y salir, con ese culo que se mueve como invitación. El otro día, la pillé en el balcón de enfrente, fumando, con la blusa medio desabotonada, pechos pesados asomando.

Ayer noche, bajo al portal a por el correo. El ascensor se para en el quinto. Puertas se abren, y ahí está ella, sola, con esa falda plisada y jersey azul marino. ‘Buenas noches, Patricia’, dice con voz baja, como un susurro. Subo, el espacio chiquitito, olor a su perfume mezclado con algo más… íntimo. Nuestras miradas se cruzan en el espejo. Siento el calor subiendo. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, murmura, y se abanica con la mano, rozando su cuello. Mi corazón late fuerte, el ascensor traquetea bajando lento.

El encuentro casual en el ascensor

Llegamos al tercero. Mi piso. Pero no salgo. Ella sonríe, leve, cómplice. ‘¿Quieres subir un rato? Tengo vino’. La puerta del ascensor se cierra de nuevo. Subimos. En su puerta, vacila la llave. Entro, luz tenue del salón, persianas filtrando la calle. ‘Siéntate’, dice, sirviendo copas. Hablamos de nada, del edificio, de vecinos ruidosos. Sus ojos bajan a mi escote, yo a sus piernas cruzadas. La tensión crece, aire pesado. Me acerco, toco su rodilla. ‘Doña Teresa…’. Ella suspira, ‘Llámame Teresa. Y no pares’.

Sus manos en mi cintura, me besa. Boca suave, lengua espesa invadiendo. Caemos en el sofá, peignoir mío cae, ella se quita el jersey. Sus tetas enormes, pezones rosados endureciéndose. ‘Dios, qué ganas tenía de verte así’, gime. Le bajo la falda, no lleva medias, piel tibia, muslos carnosos. Encuentra mi coño ya mojado, dedos hundiéndose. ‘Estás chorreando, puta’, dice riendo bajito. Yo le arranco las bragas blancas, vello rubio espeso, labios hinchados brillando.

El clímax en su puerta entreabierta

Nos ponemos en 69, ella encima. Su coño en mi cara, olor fuerte a hembra, sudor y jugos. Lamí su clítoris grande, hinchado, chupando fuerte. ‘¡Sí, así, joder!’, grita ahogada. Su lengua me folla el coño, mete dos dedos, luego el pulgar roza mi ano. El sofá cruje, vecinos de abajo podrían oír. ‘Cállate o nos pillan’, susurro, pero ella gime más, ‘Que oigan, que sepan’. Le meto la lengua en el culo, ano fruncido cediendo, sabor salado. ‘¡Mi culito, lamémelo!’, pide. Froto mi coño en su boca, orgasmo subiendo.

Ella se gira, tetas aplastándome, cuña su muslo entre mis piernas. Me corro gritando bajito, jugos empapándola. ‘Ahora yo’, dice, montándome la cara. Baja fuerte, ahogándome en su chocho peludo. Chupo sus labios violáceos, meto dedos dentro, gime ronca, ‘¡Me corro, coño!’. Tiembla, chorro caliente en mi boca. Sudorosas, jadeantes, miedo de golpes en la pared, pero excitante.

Después, nos cubrimos con una manta. Su cabeza en mi pecho, pelo revuelto. ‘No se lo digas a nadie’, murmura. Duermo un rato, bajo de madrugada. Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Ojos cómplices, sonrisa secreta. ‘Buen día, vecina’, dice normalita. Yo asiento, coño aún palpitando. El ascensor pasa, y sé que volverá.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *