Vivo en un edificio pijo de Madrid, en el cuarto. Mi marido y yo somos unos viciosos del sexo, bi los dos, swingers totales. Nos flipa el rollo con desconocidos, sobre todo si hay riesgo de que nos pillen. El otro día, bajando en el ascensor, nos cruzamos con él, el vecino del quinto. Moreno, unos 45, con canas en las sienes, alto, delgado pero con cuerpo. Me sonrió, yo le devolví la sonrisa… y mi marido notó la chispa.
—Oye, ese tío te mira el culo —me susurró al oído, mientras el ascensor zumbaba bajando lento. El aire estaba cargado, olía a su colonia fuerte. Él se giró, nos miró a los dos.—Buenas noches —dijo con voz grave. Nos presentamos: yo, Carmen, mi marido Pablo, él Lucía… no, Lucas. Charla tonta sobre el calor, pero sus ojos se clavaban en mis tetas, en la polla de Pablo marcada en el pantalón. El ascensor paró en el bar del sótano, común para todos. Bajamos los tres, pedimos copas. La tensión subía, risas, roces ‘accidentales’.—Sois pareja guapa, se nota lo bien que os lleváis —dijo él, rojo. Le conté que somos abiertos, bi, que nos mola compartir. Se quedó callado un segundo, tragó saliva.—Yo… acabo de dejar a mi novia. Era celosa, me pilló con un amigo… una noche loca.
La mirada que lo cambió todo en el ascensor
Mi marido le guiñó el ojo:—¿Y si te unes a nosotros? Pero sin condón, y bi total.Le beso de mi marido en el cuello lo decidió todo. Subimos a nuestro piso, el corazón latiéndome fuerte. Ruido de pasos en el pasillo, ¿y si alguien sale? Cerramos la puerta, luces bajas, persianas entreabiertas dejando filtrar la luz de la calle. Lucas nervioso, pero ya con la polla dura bajo los pantalones.
Le besé primero, lengua dentro, mientras Pablo le bajaba los pantalones. ¡Joder, qué polla gorda! Veinte centímetros, sin circuncidar, venosa. Me arrodillé, la chupé despacio, saboreando el prepucio, lamiendo el frenillo. Pablo se unió, le comió las bolas. Lucas gemía bajito: —Mmm… no me lo creo…—Cállate y fóllanos —le dije. Me tumbé en el sofá, piernas abiertas, coño rasurado chorreando. Él se lanzó, lamiéndome el clítoris, lengua profunda. Pablo le metió la polla en la boca, ¡qué espectáculo! Lo oíamos jadear, miedo a que los vecinos del tercero pillaran los ruidos.
El clímax sin frenos y el secreto del pasillo
Le monté, su polla entró hasta el fondo, ¡haaaaan! Rebotaba, tetas saltando, él me pellizcaba los pezones. Pablo detrás, lubricando mi culo. Doble penetración: su polla en el coño, la de Pablo en el ojete. Gritos ahogados, sudando, el sofá crujiendo. —¡Joder, qué apretado tu culo! —gruñó Lucas. Cambiamos: Pablo le folló el culo a él, mientras yo le chupaba la polla recién salida de mi coño. Él se corrió en mi boca, leche caliente, tragué todo. Luego me folló el culo a mí, prostateándome hasta que exploté en orgasmos. Pablo le metió la suya, él gemía como puta: —¡Más profundo, hostia! Nos corrimos todos, semen por todos lados, lamiéndonos mutuamente, culos, coños, pollas.
Al final, exhaustos, champán robado del minibar. Se vistió, besos, promesas. Al día siguiente, cruzándonos en el pasillo… sus ojos en llamas, sonrisa pícara. Pasos lentos, olor a sexo aún en el aire. Mi marido y yo intercambiamos miradas: nuestro nuevo juguete vecinal. Ahora, cada crujido en el edificio me pone cachonda, sabiendo que él está arriba, listo para más.