La semana pasada, desde mi balcón, con la luz filtrando por las persianas entreabiertas, vi a mis vecinos del cuarto. Ellos, un matrimonio de unos sesenta, normales, sin rollos locos. Ella, curvilínea, tetas pesadas, se metió desnuda en el jacuzzi del salón, visible por la cristalera. El agua burbujeaba suave, vapor subiendo. Él la siguió, la besó el cuello, le chupó los pezones duros. Ella gemía bajito, ‘Cariño, tómame…’. Pero él… nada. Su polla floja, ni entró. Frustrada, ella se tocó el clítoris bajo el agua, ojos cerrados, respirando fuerte. Yo, con las bragas empapadas, me masturbé viéndolos, el corazón latiendo por el morbo de espiar.
Al día siguiente, pasos en el pasillo, ruido del ascensor abriéndose. Solo él y yo. ‘Buenas’, dije sonriendo, recordando la noche. Él me miró las tetas bajo la camiseta ajustada. ‘Anoche… ¿viste algo?’, murmuró nervioso. ‘Sí, todo. Parecías… perdido en el agua’. Silencio pesado, su mirada bajando a mi culo. El ascensor subía lento, crujiendo. Su mano rozó mi cadera. ‘Mi mujer quiere agua, pero yo… no rindo’. Yo, abierta como soy, el coño palpitando: ‘Quizá necesites práctica…’. Tension. Su aliento caliente en mi oreja. Pulso stop. El ascensor se paró entre pisos.
La observación caliente y la tensión en el ascensor
Nos miramos. ‘Joder…’, susurró. Me besó salvaje, lengua dentro, manos arrancándome la camiseta. Tetazas al aire, pezones erectos. ‘¡Qué ricas!’, gruñó chupándolas fuerte, mordiendo. Yo le bajé el pantalón: polla gorda, venosa, dura ya. ‘Mámamela’, pidió. Me arrodillé en el suelo sucio, olor a metal y humedad. La tragué entera, saliva chorreando, garganta profunda. Glug glug, él gemía ‘¡Sí, así!’. Miedo: pasos arriba, vecinos. ‘Shhh…’, pero él me levantó, me dio la vuelta contra la pared fría. Pantalones a los tobillos, tanga aparte. Dedos en mi coño empapado: ‘¡Estás inundada, puta!’. ‘Fóllame ya, cabrón’, jadeé.
Empujó la polla de un golpe, gruesa abriéndome el coño. ‘¡Aaaah!’, grité. Ritmo brutal, cachetazos de huevos contra mi culo, agua no pero sudor chorreando. ‘¡Más fuerte, joder! ¡Me vas a partir!’, suplicaba. Él embestía como animal, ‘¡Tu coño aprieta mejor que el de ella!’. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Oímos voces lejanas, ascensor llamado. ‘¡Nos pillan!’, susurré excitada. Eso lo volvió loco: aceleró, polla hinchada, rozando punto G. ‘¡Me corro!’, avisó. ‘¡Dentro, lléname!’. Chorros calientes inundándome el útero, piernas temblando en orgasmo, coño contrayéndose ordeñándolo. Semen goteando muslos.
El polvo brutal y el cruce secreto en el pasillo
Apagamos luces, reinicié ascensor. Bajé jadeante, falda arrugada. Él se subió el pantalón, sonrisa pícara. Puerta abrió en su piso.
Al día siguiente, pasillo estrecho, luz fluorescente parpadeando. Él con su mujer, comprando pan. Nuestras miradas cruzaron: guiño suyo, mi rubor, coño humedeciéndose al instante. Ella charlaba ajena. ‘Gracias por el ascensor’, murmuró él pasando. Secretos queman. Ya quiero más, el riesgo me pone.