Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el sol filtrándose por las persianas del vecino. Brigida, la profe del cole del quinto piso, justo enfrente, se agachó a regar sus tomateras. Eh… su falda recta se subió por esos muslos flacos, y zas, vi sus bragas blancas de satén, tensísimas en el chocho. El tejido se metía en la raja, marcando los labios hinchados, como si no llevara nada. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte, el ruido de sus uñas arrancando hojas bajas, su respiración pesada. Dios, qué calentón, el peligro de que me pillara mirando.

Bajé al ascensor para tirar la basura, y pum, allí estaba ella, oliendo a tierra húmeda y perfume barato. ‘Hola Carmen, ¿qué tal?’, dijo con esa voz grave de capitana. Silencio espeso, el ascensor subiendo lento, nuestras miradas chocando en el espejo. Su blusa blanca con el lazo gordo, se adivinaba el sujetador reforzado aguantando esas tetas enormes. Roce accidental, mi mano en su cadera. ‘¿Viste algo interesante desde tu balcón?’, murmuró pícaramente, mordiéndose el labio. La tensión explotó. ‘Ven a mi piso, te invito un café’, le solté, la voz temblorosa. Puertas abiertas, entramos jadeando.

La mirada indiscreta desde el balcón

Cerré la puerta, y ya estaba desabotonando su blusa. ‘¡Qué tetas tan gordas, Brigida! Tu marido es un idiota dejándolas secas’. Se rio, las sacó, pesadas, caídas un poco, pezones duros como piedras. Me las metí en la boca, chupando fuerte mientras ella gemía bajito, ‘Shhh, que nos oigan los vecinos’. La tiré en el sofá, le arranqué las bragas, ese coño maduro, pelito rizado, ya empapado. ‘Lámeme, Carmen, hazme correrme’, suplicó. Le abrí las piernas, lengua en la clítoris, dedo en el culo apretado. ‘¡Oh joder, sí! Más adentro’. Se retorcía, tetas botando, mano en mi pelo tirando.

El secreto ardiente en el pasillo

Me puse a cuatro patas, ‘Fóllame con los dedos, pero quiero tu lengua en mi culo’. Ella obedeció, ansiosa, lamiéndome el ojete mientras metía dos dedos en mi coño chorreante. ‘Estás tan mojada, puta vecina’. Luego, cogí el vibrador del cajón, grande, negro. ‘Siéntalo aquí’, le dije, clavándoselo en el chocho mientras le chupaba las tetas. Gritos ahogados, ‘¡Me corro, me corro!’. El sofá crujía, sudor por todos lados, olor a sexo crudo llenando el aire. La puse encima, cowgirl salvaje, ella rebotando, polla falsa entrando y saliendo, ‘¡Más rápido, joder! Que nos pillen’. Vino dos veces, yo también, lechita falsa goteando.

Al final, exhaustas, nos vestimos rápido. ‘Esto queda entre nosotras’, dijo besándome el cuello. Bajamos por separado. Al día siguiente, pasillo estrecho, cruzamos miradas ardientes. ‘Buenos días, vecina’, susurró, mano rozando mi culo disimuladamente. Sonreí, ‘Repetimos esta noche?’. El ascensor pitó, secreto quemando, frisson del proibido. Cada paso en el corredor suena a promesa sucia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *