Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el sol filtrándose por las persianas entreabiertas del vecino del quinto. Él, un chaval de unos 20 años, moreno, con cuerpo atlético… lo vi de casualidad. Se había quitado la camiseta, sudado de entrenar, y se tocaba la polla por encima del pantalón corto. Joder, qué bulto. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, él sonrió pícaro y yo me mojé al instante. El corazón me latía fuerte, el aire fresco del balcón erizaba mi piel.
Esa noche, bajo al ascensor para tirar la basura. Las luces parpadean, oigo sus pasos en el pasillo, pesados, cercanos. Entra, huele a colonia y sudor. ‘Hola, vecina’, dice con voz ronca, rozándome el brazo sin querer. O queriendo. El ascensor sube lento, el silencio pesa. Siento su mirada en mis tetas, bajo el top ajustado. ‘Te vi antes… desde el balcón’, suelto, mordiéndome el labio. Él se acerca, su aliento en mi cuello. ‘¿Y qué viste?’, pregunta, su mano en mi cintura. El ding del ascensor no llega, paramos entre pisos. Nuestras bocas chocan, lenguas salvajes, manos por todas partes. ‘Ven a mi piso’, jadea. La puerta se abre, su madre grita desde dentro: ‘¡David, eres tú?’. Corremos a su habitación, puerta cerrada, corazones desbocados.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
Dentro, luces tenues por las rendijas de la persiana. Me arranca la ropa, yo le bajo los pantalones. Su polla salta, gorda, venosa, cabezona. ‘Joder, qué pedazo de verga’, gimo, arrodillándome. La chupo ansiosa, lengua en el frenillo, mamando el glande como una puta. Él gime fuerte, ‘Cállate, mi madre está al lado’, pero empuja mi cabeza, follando mi boca. Saliva por todas partes, gargantas profundas, arcadas que me excitan más. Me tumba en la cama, piernas abiertas. Su lengua en mi coño, lamiendo los labios grandes y colgantes, chupando mi clítoris hinchado. ‘Estás empapada, puta vecina’, dice, metiendo dedos. Gimo, mordiendo la almohada, el colchón cruje. Miedo a que oigan, pero eso me pone cardiaco. 69 salvaje: yo cabalgando su cara, él lamiéndome el culo sudado, yo tragándome su polla hasta las bolas. ‘¡Me corro!’, aviso, pero él aspira más fuerte. Explosión en mi boca, leche caliente que trago, él eyaculando chorros en mi garganta. Luego me folla el coño con dedos, yo me corro temblando, arañándole la espalda.
Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Él con su madre charlando. Nuestras miradas se clavan, sonrisas culpables. ‘Buenos días, vecina’, dice inocente, pero guiña el ojo. Siento su semen reseco en mi piel, el secreto quema. Ella nos mira rara, oye pasos alejándose. Bajo al ascensor sola, sonriendo, ya pensando en la próxima. El frisson del peligro, el olor a sexo aún en mi nariz… inolvidable.