Vivo en un edificio cutre de Barcelona, quinto piso. El calor del verano es asfixiante. Esa noche, abro la ventana del balcón para pillar un poco de aire fresco. La luz de la luna filtra por las persianas mal cerradas del vecino de abajo, el 4º A. Se llama Pablo, lo sé porque grita su mujer a veces. Es un tío alto, moreno, con ese rollo de obrero cachondo que me pone.

De repente, lo veo. Está en calzoncillos, sudado, con una birra en la mano. La puerta del balcón abierta de par en par. Se gira, baja los calzoncillos… joder, qué pedazo de polla. Gorda, venosa, colgando entre sus piernas peludas. Se apoya en la barandilla, saca el chorro. El pis cae en cascada, salpicando el suelo. El sonido amortiguado por el tráfico lejano, pero yo lo oigo clarito: el chapoteo contra el cemento. Su cara de alivio, cabeza echada atrás. Yo, ahí, paralizada, con las bragas empapadas. Me toco el coño por encima del pijama, mordiéndome el labio. ¿Me vio? No creo, pero el corazón me late a mil.

La mirada voyeur desde el balcón

Al día siguiente, bajo en el ascensor. Oigo pasos en el pasillo, pesados, como botas de trabajo. Es él. Entra justo antes de que se cierren las puertas. Silencio espeso. Huele a su colonia barata mezclada con sudor. Nuestras miradas chocan en el espejo. Sonrío, tímida. Él guiña un ojo, esa sonrisa lobuna. “Buenas, vecina”. Su voz grave, ronca. El ascensor baja lento, traqueteando. Siento su mirada en mis tetas, en mi culo ceñido por los leggings.

De pronto, para entre pisos. Botón de stop. Se acerca, eh… ¿qué haces? Me plaquea contra la pared fría. “Te vi anoche, ¿verdad? Mirando mi polla”. Jadeo, “Sí… no pude evitarlo”. Sus manos en mi cintura, bajando ya la cremallera. Me besa duro, lengua invasora, sabor a tabaco. Le bajo los pantalones, su polla salta dura como piedra, goteando pre-semen. La agarro, masturbo fuerte. “Joder, qué puta más buena”. Se arrodilla, me arranca las bragas. Lengua en mi coño, chupando el clítoris hinchado. Gimo bajito, “Cuidado, nos oyen los del parking”.

El clímax en el ascensor y el secreto compartido

Me pone de pie, falda subida. Me penetra de un empujón. Su polla gruesa me abre el coño, duele y mola. Empieza a bombear, brutal. Plaf, plaf, contra mis nalgas. El ascensor tiembla. “Tu coño aprieta como una virgen, cabrona”. Le clavo uñas en la espalda, “Fóllame más fuerte, pero shhh”. Sudor goteando, olores a sexo crudo. Siento su glande hinchado, va a correrse. “Me vengo dentro”. “Sí, lléname la chochita”. Chorros calientes inundándome, piernas temblando en orgasmo. Gemido ahogado, mordiéndome el cuello.

Paramos jadeando. Se sube los pantalones, yo me limpio con las bragas. Pulsamos para seguir. Salimos como si nada, pero el pasillo del día siguiente… ay, madre. Cruce casual. Él con bolsas de la compra, yo volviendo del curro. Nuestras miradas: fuego puro. Sonrisa cómplice, guiño. “¿Otra en el balcón esta noche?”. Asiento, ruborizada. El secreto quema, delicioso. Cada paso en el pasillo ahora vibra con esa promesa prohibida.

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