Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con balcones que se miran de reojo. Mi vecino del quinto, Javier, es un tío alto, moreno, con esa mirada que te desnuda. Lo he pillado varias veces por la ventana entreabierta, follando como un animal con su mujer. Gemidos que traspasan las paredes finas, el crujir de la cama… Me ponía cachonda solo de oírlo. El otro día, en el ascensor, nos quedamos solos. El aire estaba cargado, olía a su colonia fuerte. ‘¿Qué tal, Sofia?’, me dijo con voz ronca, rozándome el brazo sin querer… o queriendo. Sentí un cosquilleo en el coño. ‘Bien… pero hace calor aquí, ¿no?’, balbuceé, notando cómo se me endurecían los pezones bajo la blusa. Sus ojos bajaron a mis tetas, y joder, su polla se marcaba en el pantalón. La puerta se abrió en mi planta, pero él me retuvo la mano. ‘Ven a mi piso un rato, Ana no está. Te invito a una copa’. El corazón me latía fuerte. ¿Y si nos pillan? Ese riesgo me mojó al instante. Subí temblando.
Entré en su piso, luces tenues filtrándose por las persianas. ‘Quítate el abrigo, ponte cómoda’, murmuró, sirviéndome vino. Me contó que me había visto espiando desde el balcón. ‘Sé que te gusta mirar…’. Me sonrojé, pero mi coño palpitaba. ‘Ve al baño, date un baño caliente. Te espero aquí. Tengo una sorpresa’. Obedecí, el agua humeante me relajó, cerré los ojos imaginando su polla dura dentro de mí. Mi mano bajó a mi clítoris, frotando despacio, gimiendo bajito. Salí desnuda, gotas resbalando por mis tetas, hacia el dormitorio. No oí la puerta. De repente, un chico joven, uniformado como del servicio del edificio, con toalla en mano. ‘No te asustes, soy del equipo de Javier. Él me envía para ayudarte’. Me giró frente al espejo del baño, su cuerpo pegado al mío. Empezó a secarme con la toalla, manos firmes en mis pechos. ‘Joder… qué tetas más ricas’, susurró. Intenté protestar, ‘Eh, espera…’, pero mi cuerpo se arqueó. Sus dedos pellizcaron mis pezones, bajaron a mi pubis, rodando mi clítoris. Me abrí de piernas, apoyada en el lavabo, viendo en el espejo cómo me tocaba. ‘Oh sí… fóllame, por favor’, supliqué, la voz rota.
La tensión que explota en el ascensor
Bajó los pantalones, su polla larga y tiesa saltó libre. Agarró mis caderas, la punta rozó mi coño empapado y ¡zas!, me empaló de un empujón lento. ‘¡Aaaah!’, gemí fuerte, temiendo que los vecinos oyeran. Me follaba con ritmo brutal, plaqueteando contra mi culo, el espejo temblando. ‘Tu coño está ardiendo, puta vecina’, gruñó. Me corrí gritando, el placer explotando, y él me llenó de leche caliente, chorros profundos. Me llevó al letto temblando, aún chorreando. Llamaron a la puerta. Entró una mujer, la portera del edificio, uniforme tieso, cara impasible. ‘Hay que prepararte para Javier’. Me ató las muñecas a la cabecera con cintas suaves, las piernas abiertas. Me maquilló las mejillas, luego los pezones con blush, pellizcándolos hasta ponérmelos duros. ‘Él quiere tetas firmes’. Bajó a mi coño, limpiando su corrida con un paño, metiendo dedos. ‘Estás muy mojada…’. Me metió dos dedos, me masturbó experta, luego lengua en mi clítoris. ‘¡Sí, chúpame!’. Explosé en orgasmos brutales, olas y olas. El chico intentó follarla por detrás, pero ella lo apartó. Me lavaron, secaron, arreglaron la cama. ‘Prepárate para tu amo’. Abrieron el armario-espejo, y ahí estaba Javier, sonriendo. ‘Ahora lo serio’. Me desató y me folló toda la noche, polla en coño, boca, culo, hasta corrernos exhaustos.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Javier y la portera me guiñaron el ojo, el chico sonrió tímido. Ana pasaba de largo, ajena. Ese secreto quema aún, cada vez que oigo ruidos en su piso. ¿Repetimos pronto?