Era una noche de verano asfixiante en el bloque. El calor pegajoso me tenía sudando en bragas y camiseta fina. Abrí la ventana del salón, buscando aire, y entonces… los oí. Gemidos ahogados, risitas nerviosas desde el balcón de al lado. Mis vecinos, Ana y Luis, el del quinto. No pude resistir. Me acerqué sigilosa, el corazón martilleándome el pecho. La luz tenue de su lámpara filtraba por las persianas mal cerradas. Ahí estaban: Ana de rodillas en el sofá, culazo en pompa, Luis embistiéndola por detrás. Su polla gruesa entrando y saliendo de ese coño depilado, brillando de jugos. ‘¡Más fuerte, joder!’, susurraba ella. Me mojé al instante, frotándome el clítoris por encima de las bragas. El slap-slap de sus cuerpos, el olor a sexo flotando en el aire… Me corrí mordiéndome el labio, imaginando ser yo.

Al día siguiente, bajando al garaje, el ascensor pitó. Entró Luis, solo. Olía a aftershave fresco, camisa ajustada marcando pectorales. Nuestros ojos se cruzaron… y supe que lo sabía. Había visto mi silueta en la ventana. ‘Buenas noches, vecina’, dijo con sonrisa pícara. ‘Calor, ¿eh?’. Su pie rozó el mío accidentalmente. O no. Subió por mi tobillo, lento. Tragué saliva. ‘Sí… hace un bochorno’. Abrí un poco las piernas, desafiante. El ascensor paró en mi planta. ‘¿Subes?’, murmuró, voz ronca. Dudé, pero el morbo ganó. ‘Solo un rato’. Entramos en mi piso, puerta apenas cerrada. Sus manos en mi cintura, besos urgentes. ‘Te vi anoche. Puta voyeur’. Le mordí el cuello. ‘Y tú follas como un animal’. La barrera saltó. Lo arrastré al balcón.

La mirada indiscreta y la tensión en el edificio

Allí, aire fresco del noche, luces de la calle abajo. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó dura, venosa, goteando pre-semen. ‘Chúpamela’, gruñó. Me arrodillé, tragué hasta la garganta, babeando. Tosí un poco, saliva chorreando por sus huevos. ‘Joder, qué boca’. Me levantó, robe contra la barandilla. Arrancó mis bragas, dedo en mi coño empapado. ‘Estás inundada, guarra’. Me penetró de golpe, polla abriéndome en dos. ‘¡Ahhh! Despacio…’. Mentira. Quería que me rompiera. Embestidas brutales, tetas botando. ‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’. Oía pasos en el pasillo, vecinos pasando. El riesgo me volvía loca. Su mano en mi clítoris, frotando salvaje. ‘Córrete, puta, que te oigan’. Gemí alto, coño contrayéndose, chorros calientes por sus muslos. Él aceleró, ‘Me vengo…’. Chorros de leche llenándome, goteando fuera. Sudados, jadeantes, nos besamos. ‘Ana no lo sabe’, susurró. Sonreí. ‘Nuestro secreto’.

Al día siguiente, pasillo. Ana saludando normal, ajena. Luis pasó, roce de manos fugaz. Mirada cargada de promesas. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó inocente. ‘Como un angelito’, contesté, coño palpitando aún. El ascensor pitó otra vez. ¿Repetimos? El morbo del vecino prohibido me tenía enganchada. Cada crujido de puertas, cada sombra, me pone a mil.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *