Tiré un poco la cortina de la ventana del salón, el ruido sordo de un coche alejándose. Silencio por fin en el edificio. ‘Se han ido, ¡porra!’, dije frotándome las manos. Mi padre y el de Julia, mi vecina del quinto y amiga de la infancia, en viaje de negocios. Dos días solos en mi piso.

Julia bajó con una sonrisa enorme. ‘¡Por fin chicas al mando!’, saltó. Fuimos de compras, bailamos con música alta, recordando locuras de niñas. Pero esa noche no podía dormir. Pensaba en su mirada tímida al llegar, ruborizada, pelo rojo revuelto. ¿Y si me desea?

La mirada indiscreta y la tensión en el pasillo

Al día siguiente, en la cocina, desviaba la vista de mis ojos. ‘¿Novio?’, pregunté. ‘Nah, los tíos vienen y se van…’, cheeks rojos como su pelo. Corazón acelerado. Planeé: dejé el móvil grabando en el baño después de ducharme. Al ver el vídeo… joder, Julia cogiendo mi toalla húmeda, oliéndola profundo, cara de placer. Boca abierta. Lo sabía.

Esa noche, obsesionada. Tocaba la cuerda del somnambulismo, pero no me até. A las tres, me levanté. Desabroché el camisón, pechos al aire, orgullosa de mis tetas firmes. Corazón latiendo fuerte en el pasillo oscuro, pasos amortiguados en el edificio. En la cocina, empujé un vaso. ¡Crash! Ruido seco en el silencio.

Luz cegadora. ‘¡Ana! ¿Qué coño?’, gritó Julia de su piso? No, estaba en el mío. Corrió descalza, escoba en mano, limpió cristales. Me miró, ojos preocupados. ‘No te muevas, cariño’. Me llevó a la cama, mano en mano. Sentí su calor. ‘Duerme, cierra los ojos’. Me abrazó, cabeza en mi pecho, besó mi mejilla. Olor a su pelo, pulso desbocado. Se fue sigilosa.

Al día siguiente, le conté mis crisis. ‘Quédate esta noche, porfi, sin cuerda que me marca la muñeca’. ‘Vale, duermo contigo’. En la cama estrecha, espalda con espalda. Me quité el pijama, desnuda bajo sábanas. ‘Julie… ¿duermes? Tengo miedo’. Se giró, nariz a nariz. La abracé. ‘¡Estás desnuda!’, jadeó, temblando.

El fuego desatado y el secreto del pasillo

‘Abrazo, porfa…’. Sus manos en mis hombros, frías primero, luego calientes. Beso en pelo, ella en mi cuello. Agarré su mano, la metí entre mis muslos. ‘¡Ana!’, gimió, dedos en mi coño mojado. Lamí sus labios, lenguas enredadas, dientes chocando. Me masturbaba fuerte, clítoris hinchado. ‘Fóllame, Julie, joder’.

Me puse de rodillas, tetas en su cara. Chupó pezones duros, mordisqueando. ‘Tus tetas… dios’, murmuró. Manos en su coñito pelirrojo, húmedo, resbaladizo. Dedos dentro, bombeando. Gemí alto, ‘¡Cállate, los vecinos!’, susurró, pero follaba más rápido. La senté entre mis piernas, abrí su camisón. Mordí nuca, lengua en sudor salado. Mano en su culo prieto, dos dedos en su chochito apretado.

‘¡Tómame, Ana, métemela profunda!’, rogó bajito. La corrí, cuerpo temblando, coño chorreando en mi mano. Orgasmos salvajes, sábanas empapadas. Sudor, olores mezclados, respiraciones jadeantes. Miedo a crujidos en el pasillo, vecinos oyendo gemidos. La besé tierno, la llevé a su piso dormida.

A la mañana, en el pasillo fresco, luces filtrando persianas. Cruce de miradas. Sonrisa cómplice, rubor. ‘Buenos días, vecina’, guiño. Secreto ardiendo, frisson del peligro. ¿Cuánto durará?

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