Estaba acojonada, joder. Corría por el pasillo del edificio, tacones resonando como disparos, perseguida por esos tres pringados del bar de abajo. Me habían seguido desde la calle, borrachos y babosos, gritando guarradas. ‘¡Ven aquí, puta!’ El corazón me latía en la garganta, el sudor pegándome la blusa al pecho. Tropecé con una bolsa de basura, casi me parto la crisma. Miraba atrás, sus pasos pesados acercándose, risas roncas.
Necesitaba esconderme ya. Vi una puerta entreabierta en el quinto, la de la vecina esa, Tehila. La odiaba, la verdad. Del otro clan, marroquí o lo que sea, siempre con su música alta los viernes, olores raros saliendo del balcón. Pero qué coño, mejor ella que esos animales. Me pegué a la pared, conteniendo la respiración. Los pasos… cada vez más cerca. El pomo giró de golpe y una mano me tiró dentro. Caí de rodillas en su salita, puerta cerrándose con un clic.
La huida y la puerta que se abre
Los oí pasar, jurando. ‘¡La zorra se ha esfumado!’ Se alejaron. Me quedé temblando, mirándola. Tehila, con su pelo negro suelto, ojos grandes, labios carnosos. Vestida con un top ajustado que marcaba tetas firmes, pantalón de yoga. ‘¿Estás bien?’, murmuró con acento suave. Yo, aún jadeando, ‘Gracias… pero no te quería pedir nada’. Silencio pesado. La miré con rabia contenida. Ella sonrió, ‘Siéntate, tonta’. El aire olía a jazmín y algo dulce, su piel.
Me acerqué, el odio y el agradecimiento chocando. ‘Siempre con tu jaleo, Tehila, me tienes harta’. Ella se acercó, ‘Y tú espiándome desde tu balcón, ¿eh? Te he visto’. Sus ojos bajaron a mi escote sudado. El pasillo quieto, pero vecinos en casas. Tensión eléctrica. Dudé, ‘No espiaba…’. Su mano en mi brazo, cálida. ‘Mentira’. Me empujó contra la pared, suave pero firme. Labios cerca, aliento caliente. ‘Cállate’. Nos miramos, el peligro de la puerta delgada, vecinos al lado.
Barriera rota. Sus labios en los míos, beso furioso. Mordí su lengua, ella gimió bajito. Manos en mi culo, apretando. ‘Joder, Tehila…’, susurré. Me bajó los pantalones de un tirón, braga empapada. Dedos en mi coño, resbaladizos. ‘Estás chorreando, vecina’. Metió dos, bombeando rápido. Gemí, tapándome la boca. ‘Shh, o nos oyen’. Pero follaba duro, pulgar en clítoris, frotando. Caí de rodillas, le arranqué el pantalón. Coño depilado, jugoso. Lamí voraz, lengua dentro, chupando labios hinchados. ‘¡Ay, Dios, sí!’. Sus caderas temblaban, jugos en mi barbilla.
El polvo brutal y el secreto del pasillo
Me tumbó en el sofá, 69 salvaje. Su culo en mi cara, coño palpitando. Metí lengua profunda, dedos en ano apretado. Ella devoraba mi chocho, dientes en labios, succionando clítoris. ‘Fóllame con la lengua, puta’. Gemidos ahogados, sofás crujiendo. Oí pasos en el pasillo, corazón parado. Pero no paramos. Tribbing brutal, coños frotándose, clítoris chocando. Sudor, jugos mezclados. ‘Me corro… ¡joder!’. Explosión, temblores, chorro mojando todo.
Agotadas, respirando fuerte. Me besó suave, ‘Vete antes que nos pillen’. Asentí, vistiéndome temblorosa. Luz del pasillo filtrando bajo puerta.
Al día siguiente, cruzamos en el ascenseur. Vacío, solos. Sonrisa cómplice, su mano rozó mi culo. ‘Buenas noches, vecina’, guiñó. Bajé con coño palpitando aún. Secreto nuestro, prohibido, adictivo. El edificio nunca fue igual.