Chicas, no os imagináis lo que me pasó hace unos días en el portal. Parecía una tontería, un calendario de Adviento colectivo clavado en el corcho. Envelopes kraft, palabras anónimas para esperar la Navidad. Yo bajaba cada mañana, con el bolso pesado, el abrigo ajustado, oliendo a café rancio. El neón parpadeaba, zumbaba como un mosquito cabrón. Pasos en el pasillo, eco sordo. Me paraba, fingía leer los avisos de la comunidad.
El primero: ‘Quiero que alguien me coma el coño bajo el muérdago’. Joder. Mi piel se erizó. Calor seco en la nuca. Miré alrededor, vacío. Solo el ascensor gimiendo. Al día siguiente: ‘Veo vuestras pollas marcadas en los pantalones. Quiero una’. Mi coño se mojó un poco, traidor. Pasos acercándose, me fui rápido. Pero volvía. Cada día. El aire frío del portal me ponía los pezones duros contra la blusa.
La tensión que sube en el portal
El quinto: ‘Anoche me masturbé pensando en el vecino del 4ºB. Su polla debe ser gorda’. Mi corazón latió fuerte. Vivo en el 4ºA. ¿Era para mí? La luz filtraba por las rendijas de la puerta, sombras largas. Escribí: ‘Mira por la mirilla esta noche. Te enseño’. Temblando, lo pinché y subí. Esa noche, oí pasos. Nada. Pero mi cuerpo ardía.
Al día siguiente, una nota nueva: ‘Te vi. Ven con esta llave. Puerta 4ºB’. La llave dentro, fría, metálica. La cogí, dedos sudados. El pasillo olía a cena, voces lejanas. Subí el ascensor solo, polla… no, yo sola. Puerta entreabierta. ‘Entra’, susurro grave. Él, el vecino alto, barba de tres días, ojos que queman. ‘Te observé meses por el balcón’, dice. Cierro. Labios chocan. Manos en mi culo. ‘Shh, los vecinos oyen todo’.
Me arrastra al salón. Luz tenue de la tele, villancicos bajos. Desabrocha mi falda, cae. Culotte negra empapada. ‘Joder, estás chorreando’, gruñe. Dedos dentro, dos, curvados en mi G. Gimo bajito, muerdo labio. Miedo a los pasos en el pasillo. Me pone contra la pared fría, rodillas débiles. Baja mi braga, lengua en mi clítoris hinchado. Chupa fuerte, sorbe mis jugos. ‘¡Para, nos pillan!’, susurro. Él ríe: ‘Que oigan cómo te corres’.
La follada salvaje y el secreto compartido
Su polla sale, gruesa, venosa, cabezona reluciente. La chupo, saliva goteando, bolas pesadas en mi mano. ‘Fóllame ya’, ruego. Me gira, contra la ventana. Balcón abierto, aire fresco diciembre en mi piel desnuda. Polla empuja mi coño resbaladizo. Entra de golpe, me llena. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadea. Empuja duro, cachetes chocando, plof plof húmedo. Mis tetas rebotan, pezones rozan cristal. Gritos ahogados: ‘Más… cabrón…’. Riesgo total, luces en balcones vecinos.
Me corro primero, coño apretando su verga, jugos bajando piernas. Él sigue, brutal. ‘Me voy a correr dentro’, avisa. ‘Sí, lléname’. Chorros calientes, semen goteando. Caemos al sofá, sudados, oliendo a sexo. Besos lentos, su mano en mi coño sensible.
Al día siguiente, pasillo. Él sale con bolsas compra. Nuestras miradas chocan. Sonrisa cómplice. ‘Buenas noches vecina’, dice alto. Bajo la voz: ‘La llave en tu buzón’. Paso rozando su brazo. Calor secreto. Nadie sabe. Mi coño palpita aún. El portal guarda nuestro pecado. Next time, quizás el ascensor.