Ay, chicas, os cuento lo que me pasó hace dos días con mi vecino del quinto. Vivo en un bloque viejo en Madrid, paredes finas, balcones pegados. La otra noche, estaba en mi salón, luces bajas, persianas entreabiertas. Oí pasos en el pasillo, pesados, como de hombre. Miré por la rendija y allí estaba él, Carlos, el de 55 años, viudo, cuerpo de obrero, peludo y fuerte. Entraba en su piso, pero dejó la puerta entreabierta. La curiosidad me mató. Me asomé al balcón, aire fresco de la noche, y vi su silueta en la ventana. Se quitó la camisa, pantalones… Dios, qué polla más gorda tenía en la mano, meneándola despacio. ‘Joder’, pensé, mi coño se mojó al instante. Imaginé esa verga en mi boca.
Al día siguiente, bajaba al garaje. El ascensor pitó, entro, y pum, él ahí, olor a colonia barata y sudor. Nuestras miradas chocaron. ‘Buenas, Deborah’, dijo con voz ronca, recordando mi nombre del buzón. ‘Hola, Carlos…’. Silencio pesado, el ascensor bajaba lento, traqueteando. Sentí su mirada en mis tetas, bajo la blusa ligera, sin sujetador, pezones duros. Me rozó el brazo ‘sin querer’, electricidad. ‘Hace calor, ¿eh?’, murmuró. Asentí, mordiéndome el labio. Paramos en el tercero, nadie entró. Sus manos ya en mi cintura, me giró contra la pared. ‘Te vi anoche mirando’, gruñó. ‘Yo… no pude evitarlo’. Sus labios en mi cuello, mordiendo suave. El ascensor siguió, pero paramos la puerta con el pie. ‘Ven a mi piso ahora’, jadeó. Subí con él, corazón a mil, miedo a que algún vecino oyera el ascensor parado.
La tensión sube en el pasillo y el ascensor
Entramos volando a su piso, oscuro, olor a hombre solo. Me estampó contra la puerta, besos salvajes, lengua dentro. ‘Eres una puta voyeur, ¿eh?’, dijo arrancándome la blusa. Mis tetas saltaron libres, gordas y firmes. Las amasó brutal, pellizcando pezones. ‘Sí, me pone verte pajearte esa polla enorme’. Se bajó los pantalones, verga tiesa, venosa, cabezota morada. La chupé arrodillada, babeando, garganta profunda. ‘Joder, qué boca, cabrona’. Me levantó, falda arriba, braga a un lado. Dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Me folló contra la pared, polla hundiéndose hasta el fondo, golpes secos. ‘¡Ah! Más fuerte’, gemí bajito, oyendo pasos en el pasillo. Miedo delicioso. Me dio la vuelta, en cuatro, nalgada. ‘Te voy a romper el culo como a tu madre, que se lo metí en la boda’. ¿Mi madre? Joder, pero no paré. Entró en mi chocho, embestidas feroces, huevos golpeando. ‘¡Cógeme, toro!’. Me corrí gritando en su mano, coño apretando su verga. Él rugió, ‘¡Toma leche, puta!’, llenándome hasta rebosar. Sudor, jadeos, olor a sexo puro. Caímos al suelo, temblando.
Minutos después, nos vestimos rápido. ‘Nadie debe saber’, susurró besándome. Bajamos por separado. Al día siguiente, pasillo estrecho, luz fluorescente parpadeando. Nos cruzamos, carteros repartiendo. Sus ojos en los míos, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina’. ‘Hola…’. Rozó mi mano, semen seco aún en mis muslos. Calor subiendo otra vez. El secreto quema, quiero más. ¿Y si esta noche? Uf, el edificio nunca fue tan excitante.