Todo empezó un jueves por la noche. Estaba en mi balcón, fumando un cigarro, cuando oí pasos en el pasillo. Ligeros, nerviosos. Miré por la rendija de la persiana: era Muriel, la vecina del 4ºB, con esa falda ajustada que le marca el culo. Entró al piso de Michel, el del 4ºA, mi vecino el nuevo casero que me alquila el mío. Eh… ya sabía que se veían. Los había oído follar una vez, sus gemidos filtrándose por la pared fina como un susurro sucio.

Al día siguiente, viernes, coincidí con ellos en el ascensor. Michel alto, traje blanco impecable, sonrisa de depredador. Muriel fresca, con una blusa que deja ver los pezones duros. Yo iba con mi vestido ligero, sin bragas debajo, sintiendo el aire fresco rozarme el coño. Silencio pesado. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Qué calor hoy, ¿eh?’, dijo él, rompiendo el hielo. Muriel se mordió el labio, yo sentí un cosquilleo. Sus manos casi se tocan al apoyarse en la pared. El ascensor pitó en el sótano, pero nadie se movió. Michel me miró: ‘Sube con nosotros, tenemos algo que ofrecerte’. El corazón me latía fuerte. La barrera cayó ahí, en ese cubículo cerrado, con el olor a su perfume mezclado con mi excitación.

La tensión que estalla en el ascensor

Llegamos a su loft prestado en el ático, blanco y luminoso, con sofás mullidos y moqueta que ahoga los pasos. Nos sentamos, copas en mano. Muriel se acercó primero, su mano fina en mi muslo. ‘Sé que nos has oído’, murmuró. Michel rio bajito. Yo dudé un segundo, pero el frisson del peligro me encendió. Sus labios rozaron los míos, su lengua dulce como frambuesa invadiéndome. Él nos miró, polla ya dura bajo el pantalón.

No tardamos. Muriel me besó fuerte, chupándome la lengua mientras su mano bajaba a mi teta, pellizcando el pezón. ‘Quítate eso’, gruñó Michel, abriéndose la braguette. Su verga salió tiesa, gorda, venosa. Muriel la agarró, mamándola lento, saliva chorreando. Yo me arrodillé, lamiéndole las bolas mientras ella la tragaba hasta la garganta. ‘Joder, qué putas ricas’, jadeó él. La tiré al sofá, le subí la falda: coño depilado, húmedo, oliendo a excitación pura. Le metí dos dedos, follándola mientras Michel me comía el culo desde atrás, lengua hurgando mi ano como un serpiente lasciva.

El secreto compartido al día siguiente

Cambié: monté su polla, empalándome hasta el fondo, sintiendo cómo me partía. Muriel se sentó en su cara, restregándole el coño en la boca. ‘¡Lámeme, cabrón!’, gritó ella. Yo rebotaba, tetas saltando, el plaf, plaf de carne contra carne retumbando. Peor era el miedo: ¿y si oyen los del piso de abajo? Ese riesgo me hacía correrme más fuerte. Él nos volteó, folló a Muriel a cuatro, polla embistiendo su coño chorreante, mientras yo le lamía el culo a ella, metiendo lengua en su roseta apretada. ‘¡Me vengo!’, aulló ella, squirt salpicando la moqueta. Michel sacó, nos puso de rodillas: chorro caliente en nuestras caras, semen espeso goteando barbillas.

Agotados, nos vestimos en silencio. El aire olía a sexo crudo, sudor y placer prohibido. Bajamos por separado. Al día siguiente, sábado, crucé con ellos en el pasillo. Luces tenues filtrando por las persianas. Muriel me guiñó, mejilla sonrojada. Michel susurró al pasar: ‘Repetimos pronto, vecina’. Sonreí, coño palpitando aún. Ese secreto nos une, un fuego que quema bajo la piel. Cada paso en el pasillo ahora vibra con promesas sucias.

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