Ay, no sabes lo que me pasó con mi vecina nueva. Acababa de mudarme al piso de al lado, en este bloque viejo de Madrid donde oyes todo: pisadas en el pasillo, risas lejanas, hasta los gemidos si subes el volumen. La vi por primera vez de espaldas. Ese culo… redondo, firme, moviéndose con cada paso como si bailara. Deportista, no flaca de gimnasio falsa. Llegó a su puerta, dos números más allá de la mía, y se giró. Dios, qué cara: ojos grandes, labios carnosos, unos 18 añitos, juguetona. Me pilló mirándola, sonrió tímida, mejillas rojas. Entré en casa empapada, me toqué pensando en ella. Yo, con 33, su juventud me ponía a mil.
Dos días después, jackpot en el rellano. Estaba agachada atándose el zapato, falda corta subida, tanguita de algodón con encaje asomando. La miré fijo, el corazón latiendo fuerte. Caminé despacio hacia el ascensor, y pum, entramos juntos. Su olor, mezcla de perfume dulce y algo más… íntimo, llenó la caja metálica. Hablamos.
La mirada en el pasillo y el fuego en el ascensor
—Hola, soy tu nueva vecina, la de al lado.
—Hola… —dijo bajito, ruborizada.
Le dije que a veces pongo música alta, que me avise. Sonrió grande. Mi coño palpitaba.
—¿Estudias?
—Aún en el insti, saqué el bachiller mal.
—¿18?
—Sí.
Le solté: “Edad para entrar en sex-shops”. Se rió, no se escandalizó. Arriesgué más: “Llevas una tanguita negra monísima”. “¿Cómo lo sabes?”, ojos brillantes. Bajamos, yo a la calle, ella… quien sabe. Esa noche me corrí dos veces imaginándola.
Pasaron semanas sin verla. Yo currando hasta tarde. Pero un sábado, los padres cargando maletas en el pasillo. “Riega las plantas, eh”. Se iban una semana al esquí. Esa noche, la pillo en el ascensor, jeans ajustados.
El polvo brutal en mi sofá y el secreto ardiente
—¿Fiesta con amigas?
—Sí, cine y copas.
—¿Padres fuera? Pues invita tíos, pero con tu hermano pequeño…
Le propuse: “Mañana a las 14, ven a casa, te invito a algo”. Sonrisa pícara, no de vergüenza. Al día siguiente, toquecito a la puerta. Abre con falda escocesa, coleta, olor suave. Sabía que venía a follar.
Entró, sofá, zumo para ella. Hablamos de todo, risas. Le pregunto por tíos de su edad: “Tontos, no saben nada”. Mi mano en su rodilla, subiendo despacio por el muslo. “¿Qué llevas debajo?”. “Ven a ver”. Brazos en el sofá, piernas abiertas. Tanguita gris empapada, coño hinchado. Dedos dentro, caliente, estrecho. Gime bajito. “Cuidado, mi hermano está con la vecina de abajo”. Ese riesgo me enloqueció.
La beso, lengua ansiosa. Le quito la falda, lamo sus pezones duros. Ella me desabrocha la blusa, manos en mis tetas. Me come el coño como una experta, lengua en el clítoris, chupando mi humedad. “Qué rica estás”, dice. La pongo a cuatro, abro sus nalgas, lamer su ano y coño, cyprine chorreando. Meto dos dedos, la follo fuerte, ella ahoga gemidos contra el cojín. “¡Más, joder, hazme correrme!”. Oigo pasos en el pasillo, paramos un segundo, risas nerviosas. Sigue, orgasmo brutal, tiembla entera, moja el sofá.
Yo encima, tribbing, coños frotándose, sudor, calor. Grito suave, mordiéndome el labio por los vecinos. Corro como nunca, su clítoris contra el mío, resbaladizo.
Después, tumbadas, fumando un cigarro en el balcón semiabierto, aire fresco en la piel sudada. Luz filtrando por las persianas. Me limpia con su tanguita el jugo de los dos.
Al día siguiente, pasillo. Nuestras puertas. Sonrisas culpables, guiño. “Buen día, vecina”. Su culo rozándome al pasar. El secreto quema, ya planeamos la próxima. Con padres fuera toda la semana, esto solo empieza.