Era un viernes de finales de marzo, sol radiante filtrándose por las persianas del balcón. Yo estaba allí, fumando un cigarro, con mi café en la mano. Abajo, en el parking común del edificio, el nuevo vecino del 4º lavaba su viejo Alfa Romeo. Agua salpicando el asfalto, espuma resbalando por su pecho desnudo. Dios, qué cuerpo… músculos tensos bajo la camiseta mojada pegada. Lo miré embobada, mordiéndome el labio. Él levantó la vista, me pilló. Sonrisa pícara. Sentí un cosquilleo entre las piernas.
Subí al ascensor esa tarde, leggings ajustados y top escotado. Puertas cerrándose… y él entró en el último segundo. “Hola, vecina”, murmuró, su voz ronca. Espacio pequeño, olor a jabón y sudor fresco. Nuestros cuerpos rozándose accidentalmente. “Te vi desde el balcón”, solté, juguetona. Él rio bajito. “¿Y qué viste?” Sus ojos bajaron a mis tetas. Tensión eléctrica. El ascensor paró entre pisos, luz parpadeando. “Mierda”, dijo. Pero no pulsó nada. Su mano rozó mi cadera. “¿Quieres ver más de cerca?” Susurró. El corazón me latía fuerte. Bajamos al sótano abandonado, ese garaje olvidado lleno de polvo y ecos.
La mirada caliente desde el balcón
La puerta chirrió al cerrarse. Luz tenue de una bombilla colgante. Él me empujó contra la pared fría, labios devorando los míos. Manos urgentes. “Joder, qué tetas tan perfectas”, gruñó, amasándome los pechos por encima del top. Se lo quité, pezones duros al aire. Él bajó la cabeza, chupando fuerte, mordisqueando. Gemí, eco rebotando en las paredes. Miedo a que alguien oyera… pero eso me ponía más cachonda. Le bajé los pantalones. Polla tiesa, gruesa, venosa. “Mámala, puta”, ordenó. Arrodillándome en el suelo sucio, lengua lamiendo el glande salado. La tragué entera, garganta apretada. Él jadeaba, manos en mi pelo: “Sí, así, zorra vecina”. Bababa saliva, huevos pesados rozándome la barbilla. Me follaba la boca, salvaje, riesgo de que subiera otro vecino…
El secreto ardiente en el pasillo
No aguanté. Me puse de pie, falda subida. String empapado. “Fóllame ya”. Me giró, culazo al aire. Dedos hurgando mi coño chorreante. “Estás empapada, puta”. Polla empujando, rompiendo mi entrada estrecha. “¡Aaaah!”, grité bajito. Me taladraba, embestidas profundas, culazos chocando. Sudor goteando, olor a sexo crudo llenando el aire. Sus manos en mis caderas, pellizcando. “Cállate o nos pillan”, susurró, pero aceleró. Yo mordía mi labio, orgasmos subiendo. Él me volteó, piernas enroscadas en su cintura. Polla hundiéndose hasta el fondo, coño palpitando. “Me voy a correr dentro”, avisó. “Sí, lléname”. Gime fuerte, leche caliente inundándome. Yo exploté, chorros mojando sus muslos. Ecos de gemidos… silencio tenso después.
Nos vestimos rápido, risas nerviosas. “Esto queda entre nosotros”, dijo, guiño. Sacó mi móvil del bolsillo: lo había olvidado en el ascensor. Preservativos en mi bolso… sonrió sabiendo. Subimos por separado. Al día siguiente, pasillo del edificio. Pasos en el corredor, luz mañanera por las rendijas. Nos cruzamos. “Buenos días, vecina”. Mirada ardiente, roce de manos. Sonrisa cómplice. Mi coño se mojó al instante. El secreto quema… ¿repetimos esta noche?