Hace dos noches, estaba en mi balcón, con el aire fresco rozándome la piel. Fumaba un piti, mirando las luces del edificio. La persiana del vecino del 4B, ese cincuentón un poco panzudo pero con pinta de saber follar, estaba entreabierta. Me acerqué sigilosa. Joder, ahí estaba él, en pelotas sobre el sofá, con la polla en la mano. La meneaba despacio, gimiendo bajito. La luz amarilla filtraba, iluminando su verga dura, las venas marcadas. Sentí mi coño humedecerse al instante. ¿Debería irme? Nah, el morbo me clavó ahí. Sus jadeos… uf, llegaban amortiguados por la noche quieta.
Al día siguiente, pasos en el pasillo. Cojo el ascensor. Entra él, olor a colonia fuerte y sudor del día. Nuestras miradas chocan. Sonríe de lado, cómplice. “Buenas, vecina… ¿dormiste bien?” Su voz ronca me eriza. El ascensor baja lento, zumbido constante. Su muslo roza el mío. No me aparto. Siento su calor. “Te vi anoche… desde el balcón”, susurro, el corazón a mil. Él traga saliva, mano en mi cintura. “¿Y qué viste?” La puerta se abre en el sótano. Lavandería y parking oscuro. “Bajo a lavar ropa”, dice. Yo, sin pensarlo: “Yo también… espera”.
La observación que encendió la chispa
Entramos en la lavandería. Calor húmedo, máquinas ronroneando, luz tenue parpadeando. Olor a jabón y humedad. Él mete la ropa, se quita la camisa, torso peludo sudoroso. Yo cierro la puerta a medias, el clic resuena. Nos miramos. La tensión explota. Se acerca, me empuja contra la pared fría. “Joder, me has vuelto loco pensando en ti”. Sus labios aplastan los míos, lengua invasora, sabor a cerveza. Manos bajan mis leggings, dedos en mi coño ya chorreando. “Estás empapada, puta curiosa”. Gimo: “Sí… te vi pajearte la polla gorda”.
Me arrodillo en el suelo sucio, saqué su verga tiesa, cabezota morada brillando. La chupo con hambre, saliva goteando, slurp slurp fuerte para que oiga. Él gruñe: “¡Mamalá bien, vecina zorra!”. Me folla la boca, embiste, pelo en mano. Miedo loco: ¿y si bajan pasos del pasillo? Ese riesgo me calienta más, coño palpitando. Me pone de pie, contra la lavadora vibrante. Baja mi tanga, mete dos dedos, me dobla. “Te voy a follar aquí mismo”. Su polla empuja, entra de golpe en mi coño apretado. “¡Aaaah, joder, qué prieta!”. Embiste fuerte, plaf plaf, máquinas tapando gemidos. Yo araño su espalda: “Más duro, no pares, ¡fóllame el coño!”. Sudor gotea, tetas rebotando. Él me aprieta el culo: “¿Te gusta el peligro? Cualquiera puede entrar”. Cambio posición, me sube a la máquina, piernas abiertas. Polla honda, roza clítoris. Me corro primero, temblando, chorro mojando todo. “¡Me corro, cabrón!”. Él acelera: “Toma mi leche”. Se vacía dentro, caliente, gruñendo como animal.
El polvo salvaje y el miedo a ser pillados
Nos separamos jadeantes. Ropa rápida, besos robados. “Esto queda entre nosotros”, murmura. Salimos, pasillo vacío, eco de nuestros pasos. Puerta del ascensor, subimos en silencio, sonrisas culpables.
Hoy, cruce en el pasillo. Él con bolsas de la compra, yo con el café. Miradas largas, guiño. “¿Todo bien?”, pregunta inocente. Sonrío: “Perfecto… hasta la próxima”. Ese secreto quema, frisson cada vez que oigo su puerta. Volverá a pasar, lo sé. El edificio nunca fue tan excitante.