No podía quitármelo de la cabeza. Desde mi cocina, todos los días espiaba a esos obreros del piso de al lado, trabajando en la reforma del edificio vecino. El ruido de sus martillos, el polvo flotando en el aire caliente del mediodía… Uno en particular, Miguel, con su camiseta sudada pegada al pecho ancho, y sus colegas, Ahmed el moreno fibroso y el rojizo grandullón. Me ponía la concha a mil solo viéndolos sudar, sus pollas marcadas en los pantalones ajustados por el esfuerzo.

Al tercer día, bajo al ascensor para tirar la basura. El corazón me late fuerte, la garganta seca. Se abren las puertas y ahí están ellos, los tres, oliendo a sudor y cemento fresco. ‘Buenas, vecina’, dice Miguel con esa sonrisa pícara, sus ojos bajando por mi falda corta. Me meto, el espacio chiquito, sus cuerpos rozándome. Siento el calor de sus piernas contra las mías, el roce accidental de una mano en mi culo. ‘Hace calor hoy, ¿eh?’, balbuceo, cruzando los brazos para que vean mis tetas apretadas. Ahmed me mira el escote, el rojizo respira hondo. La tensión sube, el ascensor para en el sótano con un ding que suena eterno.

La mirada que lo cambia todo

‘¿Quieres ver el local donde guardamos las herramientas?’, me suelta Miguel, su mano en mi cintura. No sé qué me pasa, pero asiento. Bajamos las escaleras crujientes, el eco de nuestros pasos en el pasillo húmedo. Entramos al cuartucho oscuro, luz tenue de una bombilla colgando. Cierro la puerta, el clic resuena. ‘He visto cómo nos miras desde la ventana’, dice Ahmed, acercándose. Su aliento en mi cuello. Me tiemblan las piernas, pero me mojo al instante.

Miguel me besa primero, su lengua áspera sabiendo a cerveza y tabaco. Le bajo la cremallera, saco su polla gorda, venosa, ya dura como piedra. ‘Joder, qué rica estás’, gruñe. Ahmed me arranca la falda, mete la mano en mis bragas: ‘Estás empapada, puta’. El rojizo se saca la verga blanca y larga, palpitante. Me pongo de rodillas en el suelo sucio, el olor a humedad y semen viejo. Chupo la de Miguel, profunda, saliva chorreando por la barbilla. ‘Así, cabrona, trágatela toda’, jadea él, agarrándome el pelo. Ahmed me mete dedos en el coño, tres de golpe, chapoteando. ‘¡Quieta, que te follo ya!’, dice el rojizo, pero le aparto: ‘A mí me toca mandar’.

El secreto que quema en el pasillo

Me levanto, me apoyo en la mesa llena de herramientas. Echar atrás la culera, abro las piernas: ‘Venid, pero con condón, coño’. Ahmed se pone uno, me clava su polla curva desde atrás. ‘¡Ahhh, joder, qué prieta!’, gime, embistiéndome fuerte, sus huevos chocando contra mi clítoris. El plaf-plaf-plaf retumba, miedo a que nos oigan arriba. Miguel me mete la polla en la boca, follándome la garganta. El rojizo se casca la paja viendo, hasta que explota en mi tetas, leche caliente salpicando.

Cambio: monto a Miguel en la mesa que cruje, su polla corta pero gruesa abriéndome el coño. Subo y bajo, tetas rebotando, ‘¡Fóllame más duro, cabrón!’. Ahmed se une, me come el culo con la lengua mientras. Grito bajito, mordiéndome el labio, el placer quemándome. Miguel se corre primero, llenando el condón dentro de mí. Ahmed me da la vuelta, me abre las nalgas y me penetra el culo despacio: ‘Relájate, zorra’. Dolor y placer mezclados, me corro temblando, chorros mojando el suelo.

Salimos jadeando, sudorosos. ‘Vuelve cuando quieras, vecinita’, susurra Miguel besándome. Subo a casa flotando, la concha dolorida y feliz. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su caja de herramientas, yo con la compra. Nuestras miradas chocan, un guiño cómplice. Oigo sus pasos alejándose, y ya pienso en la próxima. Ese secreto nos une, quema como fuego lento.

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