Era sábado por la mañana, el sol entraba a chorros por las ventanas del pasillo. Hacía un calor de cojones, y yo… joder, no podía aguantar más. Mi maridito Eric y yo teníamos planes con Marie esa noche, un trío que me tenía el coño empapado desde ayer. Me metí en los baños de hombres por error, toda sudada, con la falda vaquera ajustada y la blusa medio desabotonada. Cerré la puerta del cubículo, saqué el dildo azul que Marie me regaló. Lo lamí despacio, saboreando el plástico frío contra mi lengua caliente. Uf… mis tetas ya pedían atención. Me abrí la blusa, desabroché el sujetador blanco que me empuja todo arriba, y empecé a masajearme los pezones duros.

La falda… arrgg, qué coño, la arranqué de un tirón, los botones saltaron. Mi tanga blanca estaba chorreando, pegada al coño hinchado. Me la bajé un poco, metí el dildo entre las tetas, lo froté arriba y abajo, gimiendo bajito. ‘Mmm, sí… fóllame ya’. Lo bajé directo a mi chocho, resbaladizo de jugos. Entró de una, joder, hasta el fondo. Empecé a bombear, rápido, el sonido chap-chap del agua mía contra el suelo. Me arrodillé, mordiéndome el labio para no gritar. ‘Oh, puta madre… me corro’. El orgasmo me sacudió, lágrimas en los ojos, el dildo salpicado de mi leche. Lo lamí limpio, jadeando. El tanga… imposible, lo enrollé en una bola y lo metí en el bolso. Salí ajustándome la falda, sin bragas, el aire fresco del pasillo me erizaba la piel.

El espionaje inesperado en los baños

No vi a Marc, mi vecino del bloque de al lado. Él había entrado sigiloso, oí pasos amortiguados después. Se subió al váter del cubículo de al lado, miró por encima. Vio todo: mi lengua en el dildo, mis tetas rebotando, el coño tragándoselo entero. Cuando tiré el tanga, lo recogió, lo olió… joder, se la sacó y se pajeó con mi tela mojada, vaciándose dentro. Salió temblando, con mi prenda en el bolsillo.

La explosión de placer prohibido

Minutos después, en el ascensor, ding. Puertas abiertas. Marc dentro, solo, mirada nerviosa. ‘Hola, Caro…’. Su voz ronca, sudor en la frente. Yo entro, aprieto el botón. Silencio pesado, huelo mi propio aroma en el aire cerrado. Él se remueve, y de repente, mi tanga cae de su bolsillo. ‘Eh… eso es…’. Lo pisa rápido. ‘Perdón, se me cayó’. Lo miro fijo, sonrío pícara. ‘Ya sé lo que hacías, Marc. Te vi por la rendija’. Miente, pero su polla ya abulta los pantalones. El ascensor para entre pisos, luz parpadea. Me pego a él, mano en su paquete. ‘Cállate y fóllame ya, antes que nos pillen’. Él gime, ‘Joder, Caro, tu coño… lo vi todo’. Me sube la falda, dedos en mi raja desnuda, chorreante aún. ‘Estás empapada, puta’. Me da la vuelta, contra la pared metálica fría. Baja la cremallera, su verga gorda salta libre, cabezona y venosa. Me la clava de un empellón, ‘¡Aaaah! Sí, rómpeme el coño’. Bombeamos fuerte, slap-slap de carne, mis tetas chocan contra el espejo. ‘Cuidado, nos oyen… pero no pares, cabrón’. Él me agarra las caderas, me taladra, ‘Tu tanga sabe a gloria, me corrí pensando en este chocho’. Grito ahogado, orgasmo brutal, piernas temblando. Él gruñe, ‘Me vengo… toma’. Chorros calientes dentro, desbordando por mis muslos. Nos quedamos jadeando, semen goteando.

Puertas abren, salimos por separado. Él primero, yo ajustándome, sonrisa culpable. Al día siguiente, pasillo. Nos cruzamos, Isabelle charlando con Eric. Nuestras miradas chocan: fuego puro. ‘Buenos días’, dice él, voz neutra. Yo asiento, coño palpitando de recuerdo. El secreto quema, el ascensor nunca fue igual. Quién sabe qué pasará la próxima vez…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *