Ayer por la noche, desde mi balcón, lo vi otra vez. Javier, el vecino del quinto, fumando en el suyo, justo al lado. La luz de su salón filtraba entre las persianas, y juro que vi su silueta moviéndose… tocándose. El corazón me latió fuerte. ¿Me vio? No sé, pero desde hace semanas nos cruzamos miradas en el pasillo. Esos ojos oscuros, su sonrisa pícara. Me moja solo pensarlo.
Hoy, bajando en el ascensor, coincidimos. El aire estaba cargado, olía a su colonia fresca. “Hola, vecina”, murmuró, acercándose más de lo normal. Sus manos rozaron mi culo al girarme. Tragué saliva. “¿Subes solo?”, pregunté, voz ronca. El ascensor pitó en mi planta. Nuestras bocas chocaron antes de que se abrieran las puertas. Lenguas urgentes, manos por debajo de la falda. “Ven a mi piso, rápido”, jadeé. Él asintió, polla ya dura contra mi muslo.
La tensión que estalla en el ascensor
Entramos temblando. Cerré la puerta, pero el pasillo crujía con pasos lejanos. ¿Algún vecino? El morbo me encendió más. Lo empujé al sofá, le bajé los pantalones. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. “Joder, qué rica estás”, gruñó. Me arrodillé, lamí el glande, saboreando esa sal. La chupé hondo, garganta apretada, saliva chorreando. Él gemía bajo, “Cuidado, nos oyen”. Me encantaba el riesgo.
Me levantó, rasgó mi blusa. Sus dientes en mis tetas, mordiendo pezones duros. Me tumbó, skirt arriba, tanga a un lado. Lengua en mi coño, lamiendo labios hinchados, chupando clítoris hasta que squirté en su cara. “¡Sí, cabrón!”, chillé, mordiéndome el labio por los vecinos. Me folló vaginal primero, piernas en hombros, embistiéndome profundo. Pla pla pla, carne contra carne, sudor pegajoso. “Relléname la chochita”, supliqué. Eyaculó dentro, caliente, lleno.
El polvo brutal y el regreso al pasillo
No paramos. Sacó lubri de su bolsillo –el tío venía preparado–. Me puse a cuatro, culo en pompa. Dedos en mi ojete, luego su polla lubricada. Entró lento, “¿Duele?”. “¡Fóllame el culo fuerte!”, exigí. Me taladró, bolas golpeando mi coño. Gritos ahogados, mordiendo almohada. El placer del peligro: crujidos en el techo, ¿el de arriba? Él aceleró, “Te voy a llenar el culo”. Otro orgasmo, semen chorreando por mis muslos.
Desnudos, sudados, champagne frío. Me acurruqué, su mano en mi teta. “Eres una puta viciosa”, susurró riendo. Yo: “Y tú mi semental prohibido”. Besos lentos, saboreando nuestros jugos.
Al día siguiente, pasillo. Nuestros ojos se cruzaron, sonrisas cómplices. Él rozó mi mano, “¿Otra ‘reparación’?”. Asentí, coño palpitando ya. Ese secreto quema, y quiero más.