Ayer por la tarde bajé a la lavandería del edificio. Hacía calor abajo, el zumbido de las lavadoras llenaba el aire húmedo, y olía a detergente y a ropa mojada. Llevaba unas sábanas sucias de… bueno, de noches solas con mi vibrador. Me agaché para meterlas en la secadora, la falda se me subió un poco, noté el aire fresco en los muslos. Oí pasos pesados en la escalera de cemento, eco que retumbaba. Era Pablo, el vecino del 3ºB. Un armario de dos metros, con esa cara de bobo, siempre sudado cargando paquetes. Le había visto mil veces por la ventana, polla marcada en el pantalón de chándal. ‘Hola, vecina’, murmuró con voz ronca, ojo un poco bizco. Se acercó demasiado, oliendo a hombre, a sudor fresco.

Luego bajó Miguel, del 4ºA, el que huele siempre a ajo y aceite, como si cocinara para todo el bloque. ‘¿Todo bien?’, dijo con sonrisa pícara, ojos clavados en mis piernas. La secadora pitó, saqué la ropa caliente, vapor subiendo, quemándome las manos. Me incliné más, culo en pompa sin darme cuenta. Pablo tropezó… o no. Sus manos grandes en mi cintura, falda arriba de golpe. ‘¡Joder, Pablo!’, grité bajito, pero su polla ya dura, gorda como un brazo, rozándome el culo. Intenté girar, pero me tenía pillada contra la máquina vibrante. ‘Perdón… es que… huele tan bien’, balbuceó, y de un empujón, ¡zas!, entró en mi culo. Sin lubricante, crudo, doliendo y ardiendo a la vez. Gemí fuerte, mordiéndome el labio, el ruido de la lavadora tapando mis jadeos.

La mirada torpe y la tensión en el sótano

Miguel se acercó rápido. ‘¡Eh, bruto, suelta!’, le dio un empujón a Pablo, que salió con un pop húmedo, polla brillando, venas hinchadas. Yo ahí, falda en la cara casi, culo al aire palpitando, quemazón insoportable. ‘Tranquila, yo arreglo esto’, dijo Miguel, sacando un botecito de aceite de oliva del bolsillo. ‘Para emergencias culinarias… y otras’. Me pasó un dedo grueso, rustico, alrededor del agujero, deslizándose adentro suave. ‘Ahhh… sí, ahí’, suspiré, traicionándome. Pablo en un rincón, pajeándose furioso esa verga monstruosa, ojo fijo en mí. ‘Joder, Pablo, si querías follarme, pide’, le dije jadeando, mientras Miguel metía dos dedos, untando bien hondo, rozando mi coño de paso.

El polvo brutal y el secreto compartido

‘¡Basta un segundo, baja más!’, le pedí a Miguel. ‘Pablo me ha irritado el clítoris con tanto golpear’. Él sonrió, dedo en mi botón hinchado, frotando circles lentos. Mi coño chorreaba ya, labios abiertos, palpitando. ‘Mira cómo te mojas, puta vecina’, murmuró. Pablo gruñó y se corrió a chorros en el suelo, leche espesa salpicando. Yo no aguanté: orgasmo brutal, culo apretando dedos de Miguel, gritando bajito ‘¡Sí, joder, no pares!’. Él sacó la polla, no tan gorda pero larga, y me folló el coño contra la secadora, embistes secos, huevos chocando. ‘Cállate o nos oyen arriba’, susurró, pero yo gemía más, placer del riesgo, vecinos en pisos de arriba quizás escuchando. Se corrió dentro, caliente, llenándome.

Subí temblando, culo lubricado goteando, coño satisfecho. Hoy en el pasillo, Pablo pasó rozándome, sonrisa tonta, mano en mi culo disimulada. ‘Otra vez en la lavandería?’, susurró. Miguel guiñó ojo desde su puerta. Ese secreto quema, me pone cachonda solo pensarlo. ¿Volverá a pasar? El edificio entero parece conspirar para más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *