Cierro la puerta de mi piso con un suspiro. Por fin sola después de un día eterno en la oficina. Dejo el ramo de flores y mi trofeo de mejor vendedora en la mesita del salón. Corro al baño, tiro la ropa al suelo, me suelto el pelo y entro en la ducha. El agua caliente me relaja los músculos. Salgo al rato, me seco el pelo mirando mi cuerpo en el espejo empañado. No estoy gorda, pero curvilínea, 86 kilos bien repartidos en mi 1,75. Gimnasio, tenis, paseos… todo suma.

Me pongo el pijama, voy descalza al salón. El jefe nos mimó con el bono, vivo en este edificio cerca del curro en Lyon. Empiezo a meter ropa en la maleta, mañana tren temprano. Toc, toc, toc. Tres golpes suaves en la puerta. ¿Quién coño? ¿Vecinos pedo equivocados? ¿O mis compis de fiesta? Me quedo quieta. Vuelven a llamar. Me pongo un albornoz y abro.

La llegada inesperada y la seducción en mi salón

Ahí está Victoria, mi vecina del quinto, hombro contra el marco, ojos verdes clavados en mí. Suspiro. Es la secretaria del jefe, pero vive arriba. Fruta prohibida. 1,70, rubia hasta media espalda, cara fina, pómulos altos. Un cañón. Se cuela dentro.

—Paso, ¿eh, Lize?

—Estaba… yendo a dormir.

—¿Tan pronto? Son las diez y media. Ven a brindar por tu premio, tête à tête. —Levanta las copas y la botella de champán.

Me ronda hace meses. Piropazos, apretones de manos… Hoy acelera. Cierro la puerta, cojo ropa de la maleta y me cambio en el baño.

—¿No pones las flores en un jarrón?

—Iba a…

—Es regalo mío.

Silencio. Vuelvo con pantalón, camisa y jarrón con agua. Ella sonríe, mete las flores. Olor a lirios invade el aire. Se ha cambiado: vestido corto vaporoso, tacones. La tira del hombro se cae, escote profundo. Sin sujetador. Pezones duros. Frío me recorre. Mi cansancio se evapora.

Llena copas, se sienta en el sofá, invita a su lado con la cabeza. Obedezco. Habla de mi éxito, me pregunta hobbies. Desvío a coches eléctricos. Ella resuelve: se gira, pierna bajo pierna, falda sube por muslos. Casi veo su tanga. Glotona cada frase mía. Se inclina, agarra mi brazo, tetas al aire. Molestia contra mi pierna. Rompo.

Dejo copas en el suelo. Mano en su mejilla, nuca. Beso suave. Mano derecha sube su muslo… sin bragas. Coño mojado, depilado. Dedo en labios mayores. Gime. Abre piernas. Meto uno, dos dedos en su chorreante coño. Brazos en mi cuello, cabeza atrás, se empala. Pulgar en clítoris. Corre en gemido alto. Mierda, los vecinos…

—Gracias… —Sonríe, ataca mi camisa.

El sexo salvaje y el secreto en el pasillo

—Espera. No me toques así.

—¿No quieres que te devuelva el favor?

—No. Quítate todo.

La dejo desnuda en la cama. Cuerpo perfecto: cuello fino, tetas medianas, caderas estrechas. Saco strap-on de maleta, lubrico el interno, me lo pongo. Vuelvo. Ha bajado luz, cama abierta, ambiente sexy.

—¡Me encanta! —Dice, me lleva a cama.

Besos, mis manos en su piel. Mordisqueo tetas, baja a coño. Lamidas, dedos en labios y clítoris. “Sí, más, no pares”. Corre otra vez. La pongo boca arriba, piernas altas. Meto polla en su coño chorreante. Gemidos. Acelero, la follo fuerte. Cabeza oscila, muerde almohada. Otro orgasmo, besos.

De lado, clítoris otra vez. “Más rápido, porfa”. La hago correr. De espaldas, levanto culo, lamo coño y ano. Se pone a cuatro patas. La penetro en levrette, arqueo espalda. “¿Juntos?”. Sí. Corro dentro, ella también. Sudorosas, me pide polla entre muslos, manta arriba.

—He cambiado tu reserva de piso y billetes. Dos días más.

—¿Segura de mí?

—Princesa siempre lo es.

Tatuaje en nuque: “Princesa”. Su pareja actual: yo.

Al día siguiente, en el pasillo. Pasos en el corredor, luz filtrando por persianas. Nuestras miradas: fuego secreto. Sonreímos. El edificio guarda nuestro polvo.

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