Ay, chica, no sabes lo que me pasó ayer con el vecino del 4B. Llevaba semanas notándolo, ¿sabes? Ese tipo alto, con ojos azules que te traspasan, siempre con esa camisa ajustada que marca sus pectorales. Vivo en el 4A, nuestros balcones están pegaditos, separados solo por un metro de aire. Ayer por la tarde, estaba en el mío tendiendo la ropa, con mi top negro escotado que deja ver un poco de encaje del sujetador. Sentí su mirada. Miré de reojo: ahí estaba él, en su balcón, fingiendo regar las plantas, pero con los ojos clavados en mis tetas. El sol filtraba por las persianas, haciendo que su piel brillara. Sonreí para mí, me estiré un poco más, dejando que el top se subiera y mostrara mi ombligo. Él tragó saliva, lo vi. El corazón me latía fuerte, ese cosquilleo del voyeurismo, de saber que me come con la mirada.

Bajé al supermercado, y en el ascensor… zas, coincidimos. Entró él, oliendo a colonia fresca, su cuerpo tan cerca en ese cubículo estrecho. Nuestras miradas se cruzaron, intensas. ‘Hola, vecina’, dijo con voz grave, sonriendo de lado. ‘Hola… ¿qué tal?’, respondí, mordiéndome el labio sin querer. El ascensor zumbaba bajando, pero el aire estaba cargado. Su mano rozó mi cadera al girarse, accidental… o no. Sentí su calor, mi coño empezó a humedecerse. Paramos en el sótano vacío, pero en vez de salir, él pulsó el botón de parar entre pisos. ‘No aguanto más mirándote’, murmuró, acercándose. Lo empujé contra la pared, pero… ‘Mejor las escaleras’, susurré, el riesgo de que subiera alguien nos ponía cardiacos.

La mirada que encendió la chispa

Salimos al hueco de escaleras, oscuro, con eco de nuestros pasos. La luz mortecina de una bombilla parpadeante nos iluminaba. Lo besé con furia, mi lengua en su boca, saboreando su saliva. Sus manos bajaron a mi culo, apretando fuerte bajo la falda. ‘Joder, qué tetas tienes’, gruñó, bajando el top y chupando un pezón duro como piedra. Gemí bajito, ‘Shh, que nos oigan los del quinto’. Me arrodillé, temblando de excitación, le abrí el pantalón. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, ya goteando precum. La olí, ese olor a macho caliente. La lamí desde la base, lenta, hasta meterla entera en la boca. Él jadeaba, ‘Mierda, qué bien chupas, vecinita’. La succioné fuerte, jugando con la lengua en el glande, sintiendo cómo palpitaba. La tragaba hasta la garganta, saliva chorreando, mis tetas rebotando. Él me agarró el pelo, follando mi boca con ritmo, pero paró: ‘Quiero tu coño ahora’.

El clímax en las sombras del edificio

Me puse de pie, me subí la falda, aparté el tanga empapado. ‘Fóllame ya’, le rogué. Me giró contra la pared fría, el cemento raspando mis palmas. Entró de un empujón brutal, su polla abriéndome el coño hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogué un grito, mordiéndome el brazo. Embestía salvaje, plaf plaf, el sonido ecoando en las escaleras. Sentía cada vena rozando mis paredes, mi clítoris hinchado rozando su pubis. ‘Estás tan mojada, puta vecina’, jadeaba él, una mano en mi garganta, la otra pellizcando mi pezón. Yo empujaba el culo contra él, ‘Más fuerte, joder, hazme correrme’. El sudor nos chorreaba, el olor a sexo llenaba el aire. Oímos pasos lejanos… ¡mierda! Nos paramos un segundo, polla dentro, latiendo. Risas nerviosas, luego siguió, más rápido. Mi orgasmo vino como un tsunami, contrayendo el coño alrededor de su verga, ‘¡Me corro, cabrón!’. Él no aguantó, ‘Toma mi leche’, y eyaculó dentro, chorros calientes llenándome.

Se retiró despacio, semen goteando por mis muslos. Nos arreglamos rápido, besos robados. Bajamos por separado. Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su hijo de la mano, yo con la compra. Nuestras miradas… puro fuego secreto. Sonrisa cómplice, un guiño. ‘Buen día, vecina’, dijo inocente. Mi coño se mojó de nuevo recordándolo. Ay, este edificio es un nido de vicios.

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