Era un mañana de otoño, fresco, con ese olor a hojas húmedas subiendo por el patio del edificio. Bajaba al buzón, pasos lentos en el pasillo, cuando oí el clic-clac de unos tacones. Me paré. La puerta del 3B entreabierta, y allí estaba ella, mi vecina Christine, la del taller de lencería en el bajo. Se probaba unas medias visón, couture negra subiendo por sus piernas largas, blancas. La falda roja levantada, el culo redondo asomando, jarretelles tensas. Sus ojos negros me pillaron mirando. Tragué saliva. Ella sonrió, pícara, sin cerrar la puerta del todo.

—Pasa, vecino, ¿buscas algo? —dijo con voz ronca, como si supiera el lío que me armaba.

La mirada que encendió la chispa

Entré, el corazón latiendo fuerte. El aroma a perfume caro y nylon nuevo me golpeó. Sus pechos apretados en un top ligero, pezones marcándose. Hablamos de tonterías, gants para una amiga, pero mis ojos bajaban a sus piernas. Ella se inclinó, el tacón raspando el suelo, y vi el pliegue del nylon en sus muslos. Mi polla se endureció, apretando el pantalón. ¿Y si alguien pasa por el pasillo?

Subimos al ascensor juntos después, fingiendo normalidad. El espacio chico, su cuerpo cerca, calor subiendo. Sus manos rozaron mi brazo. ‘Hace frío hoy’, murmuró, pero sus ojos decían otra cosa. La tensión explotó cuando las puertas cerraron. La empujé contra la pared, besándola con hambre. Sus labios carnosos, lengua juguetona. Bajé la cremallera de su falda, manos en sus nalgas firmes, sintiendo las jarretelles. Ella jadeó: ‘Cuidado, nos oirán…’

Pero no paramos. Le arranqué el top, chupando esos pezones duros como frambuesas. Ella me bajó los pantalones, polla saltando libre, dura como piedra. ‘Joder, qué grande’, susurró, arrodillándose. El ascensor subía lento, pitido de pisos. Su boca caliente envolvió mi verga, lengua lamiendo el glande, saliva chorreando. Gemí bajo, mordiéndome el labio. Sus medias rozando mis piernas, crujido del nylon. La puse de pie, girándola. Falda arriba, culotte a un lado, coño depilado brillando húmedo. Metí dos dedos, resbaladizos, ella ahogó un grito contra mi mano.

El polvo salvaje y el secreto compartido

‘Fóllame ya’, rogó. Empujé mi polla dentro, de un golpe. Caliente, apretada, chorreando jugos por sus muslos. La embestí fuerte, plaf-plaf contra su culo, el ascensor temblando. Sus tetas rebotando, uñas clavadas en la pared. ‘Más, cabrón, rómpeme’, gruñó. Sudor goteando, olor a sexo llenando el aire. Oí pasos fuera, ¡mierda, el vecino del 4! Frené un segundo, ella apretó el coño alrededor de mi polla, follándome sin movernos. El peligro me volvió loco, la taladré más hondo, bolas golpeando su clítoris. Ella vino primero, temblando, mordiendo mi hombro para no chillar. Yo exploté dentro, leche caliente llenándola, chorros interminables.

El ascensor paró en mi piso. Nos vestimos a prisa, risas nerviosas, semen goteando por su pierna. Bajamos las escaleras, separándonos en el pasillo.

Al día siguiente, cruzándonos en el rellano. Ella con medias nuevas, yo con la polla medio dura recordando. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa cómplice. ‘Buenos días, vecino’, dijo bajito, guiñando. El secreto quema, el pasillo nunca fue tan excitante. ¿Repetimos en el balcón?

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