Ay, chicas, no os lo vais a creer. Vivo en un edificio viejo en el centro, paredes finas como papel. La otra noche, volviendo tarde del curro, oí ruidos en el pasillo. Pasos pesados, risas ahogadas. Eran ellos, mis vecinos del ático: él, un gigante rubio tatuado, tipo vikingo, y ella, morena con curvas de infarto. Llevaban capas medievales, como de una fiesta rara. La puerta de su piso entreabierta, luz filtrando, y… joder, los vi besándose contra la pared. Sus manos por todas partes, ella gimiendo bajito.

Me quedé paralizada. El corazón me latía fuerte, el aire fresco del pasillo me erizaba la piel. Él le levantó la falda, metió mano entre sus piernas. ‘Cariño, no aquí…’, susurró ella, pero se abrió de piernas. Yo, con mi pareja dentro esperándome, no pude moverme. El frisson del peligro, de que me pillaran mirando… me mojó entera. Entonces, él me vio. Sonrió malicioso. ‘¿Quieres unirte, vecina?’, dijo con voz grave. Mi novio salió, curioso. ‘Venga, pasad’, nos invitó ella, ojos brillantes.

La curiosidad en el pasillo compartido

Entramos. El piso era un caos medieval: chimenea enorme, hidromiel en jarras. Nos quitamos abrigos, tensión eléctrica. Bebimos, charlamos de tonterías, pero las miradas… uf. Ella rozó mi pierna, él miró a mi chico con esa polla enorme marcándose en los pantalones. ‘¿Intercambio?’, soltó ella de repente. Mi novio y yo nos miramos, cachondos. ‘Vale’, dije yo, ya con el coño palpitando.

Nos llevaron por un pasillo oscuro, frío, vidrieras a la bosque. Llegamos a una cabaña secreta, luces tenues, cama baldaquín. Primero, nos escondimos tras un espejo falso, espiándolos. Ella y mi novio ya desnudos, lamiéndose los pechos, frotando coños. Dios, qué espectáculo. Sus lenguas enredadas, dedos hundiéndose en chochos mojados. Gemidos ahogados, lluvia golpeando el techo. Mi vecino se tocaba la polla curva, diez centímetros floja, yo me masturbaba despacio, birra en mano.

No aguantamos. Entramos. ‘¡Ya estáis empalmados!’, rió ella. Mi vecino me agarró por detrás, su verga aplastándome el culo. Ella le dio una palmada a la polla de mi novio, ‘¡Pum!’, y él gimió de placer-dolor. ‘¿Quieres?’, me dijo. Probé: zas, en sus huevos. Risas, lágrimas mías de la risa y el ardor. Subimos al colchón. Yo mamé esa polla monstruosa, apenas cabía en la boca, saliva chorreando. Mi novio follaba a ella por detrás, tetas rebotando.

El polvo brutal y el riesgo de ser pillados

Cambiando posturas: yo a cuatro, él embistiéndome salvaje, ‘¡Toma, puta vecina!’, gruñía, polla partiéndome el coño. Mi novio en su boca, ella chupando glotona. Luego 69 ellas, yo lamiendo bolas de él mientras la follaba a ella. ‘¡Cállate, que nos oyen los de abajo!’, susurraba, pero gemía más fuerte. El placer del riesgo, paredes finas, vecinos cerca… me corría una y otra vez, chorros calientes. Él eyaculó dentro, semen goteando, mi novio en su cara.

Agotados, spa al aire libre, lluvia cayendo, hidromiel. Secretos susurrados: todo era un juego, fingido. Reímos. De vuelta, dormimos como troncos.

Al día siguiente, cruce en el ascensor. Él me guiñó, rozó mi mano. Ella sonrió a mi novio. ‘Buen polvo anoche, ¿eh?’, murmuró bajito. El secreto quema, cada mirada promete más. Joder, qué vecinos.

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