Hay días en que el edificio parece un nido de secretos. Vivo en el tercero, piso 3B, y mis vecinos del quinto, Hugo, siempre me ha llamado la atención. Alto, rubio, con ese cuerpo de gimnasio que se marca bajo las camisetas ajustadas. Lo he visto por la ventana, fumando en el balcón, con el sudor brillando en su pecho después de entrenar. La luz del atardecer filtra por las persianas, y juro que una vez lo pillé tocándose, la mano dentro del pantalón, gimiendo bajito. El corazón me late fuerte solo de recordarlo.
Ayer, bajando al garaje, el ascensor se para en el quinto. Entra él, oliendo a jabón fresco y algo masculino, como cuero. Estamos solos, el espacio es estrecho, rozo su brazo sin querer. Nuestras miradas se cruzan en el espejo. ‘Hola, vecina’, dice con voz grave, sonriendo de lado. ‘¿Calor hoy, eh?’. Asiento, sintiendo el aire cargado. Sus ojos bajan a mi escote, y yo noto el bulto creciendo en sus vaqueros. El ascensor tiembla un poco, como si supiera. Mi mano roza la suya, accidental… o no. ‘¿Subes luego?’, murmura. ‘Tengo una botella de vino en casa. Para celebrar… lo que sea’. El pulso se me acelera. ‘Vale, pero discreto, que nos oigan los cotillas del bloque’. Las puertas se abren en mi planta, salgo con las piernas temblando.
La mirada que lo cambió todo en el ascensor
Media hora después, toco su puerta. Abre en calzoncillos, el paquete marcado. ‘Pasa, no hagas ruido’. Su piso es un caos masculino: pesas en el salón, balcón abierto con brisa fresca. Nos besamos contra la pared del pasillo, sus manos grandes en mi culo, apretando. ‘Joder, te he deseado desde que te vi por la ventana’, gruñe. Le bajo los calzoncillos, y sale esa polla gorda, venosa, semi-dura. La agarro, no cierra mi mano. ‘Mira lo que me haces’, dice, mientras yo me arrodillo. La chupo despacio, lengua en el glande, saboreando el pre-semen salado. Gime fuerte, tapa mi boca. ‘Calla, coño, que los del cuarto oyen todo’.
El polvo brutal y el secreto compartido
Me lleva al salón, me arranca la falda. ‘Siéntate en mi cara’, ordena. Me monta en su boca, lamiendo mi coño empapado, dedos en el culo. Gimo contra su polla, 69 salvaje en el sofá. El ruido de sus lametones, mi saliva chorreando… ‘Fóllame ya’, suplico. Se pone un condón, me pone a cuatro patas mirando el balcón. Entra de golpe, esa polla gruesa me abre en dos. ‘¡Aaaah! Despacio, joder…’. Pero acelera, embiste profundo, pellizcando mis tetas. ‘Tu coño aprieta como una puta’, jadea. Yo me corro primero, chorros en sus huevos, gritando bajito por miedo a los vecinos. Él sigue, polla hinchada, sudando. ‘Me voy a correr… ¡toma!’. Se corre dentro, llenándome, el condón rebosando.
Caemos exhaustos, su semen goteando por mi muslo. ‘Ha sido… brutal’, dice riendo bajito, besándome el cuello. Nos limpiamos rápido, oigo pasos en el pasillo. Salgo a hurtadillas, el corazón a mil. Hoy, en el ascensor, solos otra vez. Nuestras miradas se encuentran, sonrisa pícara. ‘Buen día, vecina’, dice, rozando mi mano. Siento su calor, el secreto quemándonos. Bajo en mi planta, piernas flojas, sabiendo que volverá a pasar. El edificio nunca ha estado tan vivo.