Llamé suave a la puerta de Javier, mi vecino del 4ºB. Silencio. Le mandé un wasap: ‘Estoy en el rellano’. Pasaron unos minutos eternos, el pasillo olía a cena de microondas de los demás vecinos. Abrió con cara de cansado, sonrisa pícara. ‘El crío acababa de dormirse, pasa’. Entré de puntillas, el suelo crujía bajo mis zapatillas. Javier, alto, moreno, con esa piel oliva que me volvía loca desde que nos vimos en el ascensor. La paternidad le había marcado ojeras, pero sus ojos marrones brillaban.
‘Siéntate en el sofá, voy un segundo’. Se fue a la habitación del peque, yo me quedé mirando su culo prieto en el pantalón de chándal. Me serví un whisky del mueble bar, un Label 5 que picaba en la garganta. Me hundí en el sofá ancho, mullido, el mismo donde fantaseaba con que me follara. Regresó, se pegó a mí, su calor me erizó la piel. ‘Pareces reventada’, le dije. ‘Larga noche con el niño… ¿y tú?’. ‘Muerta de ganas de verte’. Olía a su colonia mezclada con sudor, me ponía cachonda.
La chispa en el pasillo y la invitación irresistible
Le serví vino blanco del frigo, frío, fresco. Brindamos, su rodilla rozaba la mía. Hablamos tonterías, pero la tensión crecía. ‘Hace calor, ¿no?’, dijo, ruborizada. Sus pechos, hinchados por la lactancia, se marcaban bajo la camiseta fina. No aguanté, la besé. Sus labios sabían a vino, lengua suave, húmeda. Se abrió, gimiendo bajito. ‘Chúpamela’, susurré. Bajó al suelo, moqueta espesa amortiguando sus rodillas. ‘Quítate el pantalón, enséñame ese culo’. Dudó un segundo, se levantó, se giró lento. Bajó el legging, tanga negra simple, carnosa. Volvió de rodillas, abrió mi cremallera. Mi polla saltó dura, olor a macho listo para follar.
Me la metió en la boca, caliente, babosa. Lengua en el glande, chupando el frenillo. ‘Quítate la camiseta’, le pedí. Obedeció, sujetador de lactancia dejando ver tetas enormes. Siguió mamando, profunda, garganta apretando. ‘Joder, Javier, qué buena estás…’. Le lamí los dedos, sudados, salados. Me la recaló, baba goteando. Paré antes de correrme. ‘No, quiero follarte el coño’. La levanté, mano en su culo, dedos en su chocho ya mojado, resbaladizo.
El polvo brutal y el secreto en el rellano
‘Quítate la tanga, a cuatro patas’. Se puso en el sofá, culo en pompa, coño expuesto, labios hinchados. La olí, dulce, puta. Lamí desde abajo, clítoris palpitante. ‘Oh… han…’. Tetas balanceándose, uñas en sus muslos suaves. Le metí lengua en el ano, dedo en el clítoris. Tembló, cyprine chorreando. ‘Fóllame ya’, suplicó. La llevé a su cuarto, cama king size, sábanas blancas. Me desnudé, polla tiesa. Quité su sujetador, tetas liberadas, leche goteando. Las chupé, dulce, tetones duros. ‘Por favor… métemela’.
Me coloqué entre sus piernas, polla rozando su coño empapado. Empujé, abriendo labios rojos, fondo apretado. ‘Han… sí…’. Ritmo fuerte, tetas botando, sudor pegándonos. ‘Te voy a atar, a darte por culo, a correrte en la cara’. Gimiendo, arañándome la espalda. La puse más piernas arriba, coño rojo abierto. Pillé un pezón, leche en boca, follé duro. ‘¡Ana!’. Me corrí dentro, chorros calientes llenándola. Temblé, baba de leche en su piel morena.
Me limpió la boca, sonriendo. ‘Te has vaciado…’. ‘Tú también has gozado, lo noté’. Quedamos jadeando, secreto nuestro. Al día siguiente, en el rellano, cruzamos miradas. Su guiño, mi roce disimulado. El ascensor pitó, vecinos ajenos. El frisson del peligro, aún húmeda recordándolo.