Ayer noche volví tarde del bar con amigos. Risas, copas, esa euforia que te deja la piel caliente. El pasillo del edificio estaba en silencio, solo el clic-clac de mis tacones. De repente, el ascensor se abre. Ahí está él, mi vecino del cuarto, ese moreno de ojos oscuros que siempre me come con la mirada. ‘Buenas noches’, dice con voz grave, y yo entro, el aire se carga al instante.
Nos miramos en el espejo del ascensor. Su camisa ajustada marca el pecho, yo llevo esa falda corta que sube un poco al moverme. ‘Fiesta buena, ¿eh?’, murmura, y su mano roza la mía ‘por accidente’. Siento el calor subir, el zumbido del ascensor como un latido. En mi piso, no salgo. ‘Sube un rato…’, le digo, la voz temblorosa. Él sonríe, pícaro, y sus labios rozan mi cuello antes de que la puerta se cierre.
La tensión que estalla en el edificio
Entramos en su piso. La luz tenue de la calle filtra por las persianas. Me empuja contra la pared del salón, sus manos bajan mi falda de un tirón. ‘Te he deseado tanto, joder’, gruñe. Le beso con hambre, mordiendo su labio. Le bajo los pantalones, su polla ya dura salta libre, gruesa y venosa. La agarro, la aprieto, él gime bajito. ‘Cuidado, los vecinos…’, susurro, pero eso nos excita más.
Me lleva a la ventana, abre un poco la persiana. El edificio de enfrente oscuro, pero luces en algún balcón. ‘Quiero verte así’, dice, poniéndome un pañuelo en los ojos. Oscuridad total, solo tacto y sonidos. Sus dedos recorren mi coño, ya empapado. ‘Estás chorreando, puta’, ríe. Me abre las piernas, su lengua lame mi clítoris, chupando fuerte. Gimo alto, ‘¡Joder, sí!’, el placer me hace arquearme. Oigo sus pasos, el crujir del suelo.
El secreto compartido al día siguiente
Se pone detrás, su polla roza mi culo. ‘Camárgate’, ordena. Obedezco, abriéndome con las manos. Escupe en mi ano, un dedo entra suave, luego dos. ‘Tu culo es mío’, dice, y empuja. Duele un poco al principio, pero el placer explota. Me folla el culo despacio, profundo, sus pelotas chocan contra mí. ‘¡Más fuerte!’, pido, olvidando el silencio. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcan los pezones duros. Bajo una mano a mi coño, me masturbo mientras él me taladra.
Me gira, me sube a la mesa junto a la ventana. Abre más la persiana, el frío del cristal en mi espalda. ‘Que nos vean, zorra’, jadea, metiendo la polla en mi coño de un golpe. Follando salvaje, mis gemidos rebotan en las paredes. ‘¡Me vengo, joder!’, grito, el orgasmo me sacude, contrayendo todo. Él acelera, ‘Toma mi leche’, y se corre dentro, caliente, llenándome. Caemos jadeando, su semen gotea por mis muslos.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la bolsa de basura, yo con el café. Nuestras miradas chocan, un guiño cómplice. ‘Buenos días, vecina’, dice bajito, y pasa rozándome el culo. Sonrío, el secreto quema. Oigo su puerta cerrar, y ya pienso en la próxima. El edificio nunca fue tan excitante.