Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran de reojo. Ayer por la tarde, oí pasos pesados en el pasillo. Miré por la rendija de las persianas. Bajaba un taxi y de él salió él: Pedro, alto, moreno, con esa sonrisa que me volvió loca hace ocho años en las pistas de esquí. Estaba con una rubia inglesa, elegante, falda recta, bolso caro colgando. Mi corazón dio un vuelco. ¿Casado? Subieron al quinto, justo enfrente.
Esa noche no pegué ojo. La luz de su balcón se filtraba, oí risas, luego gemidos ahogados. Me acerqué a la ventana, el aire fresco del atardecer me erizó la piel. Los vi: ella contra la barandilla, él detrás, moviéndose lento. El peligro de que alguien mirara desde abajo… me mojé solo de imaginar. Me toqué pensando en él, en lo que pudimos ser.
La mirada que lo cambió todo en el ascensor
Al día siguiente, en el ascensor. Entró solo, oliendo a colonia fuerte. Nuestras miradas chocaron. ‘¿Maria? ¿Eres tú?’, dudó, voz ronca. ‘Sí… Pedro. Qué casualidad… o no’, balbuceé, el corazón latiéndome en la garganta. El ascensor bajó chirriando, solos. ‘Tu mujer… ¿no baja?’, pregunté, voz temblorosa. ‘Está durmiendo la siesta. Oye, ¿recuerdas Val Thorens? Follamos como locos aquella noche’. El aire se cargó, mis pezones duros contra la blusa. Pulsé sótano, ‘Ven, hablemos ahí, en el trastero. Nadie va’. Él asintió, ojos brillantes.
La puerta del trastero se cerró con un clic. Olía a humedad y polvo. Lo empujé contra la pared, ‘Te he visto anoche en el balcón, follando con ella. Me pusiste cachonda’. Me besó salvaje, lengua dentro, manos en mi culo apretando. ‘Joder, Maria, nunca te olvidé. Tu coño era el mejor’. Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, gorda, venosa. La chupé gimiendo, saliva chorreando, él gruñendo bajo. ‘Cuidado, los vecinos oyen todo’, susurré, excitada por el riesgo.
Me levantó la falda, rompió mis bragas de un tirón. ‘Estás empapada, puta’, dijo, metiendo dos dedos en mi coño chorreante. Gemí fuerte, mordiéndome el labio. Me sentó en una caja vieja, abrió mis piernas. Su lengua en mi clítoris, lamiendo como un loco, chupando mis labios hinchados. ‘¡Oh, sí! No pares…’, jadeé, manos en su pelo. Oí pasos arriba, en el pasillo. El miedo me hizo correrme, jugos en su boca, cuerpo temblando.
El polvo salvaje con riesgo de ser descubiertos
‘Quiero follarte ya’, gruñó. Me puso a cuatro patas sobre sacos polvorientos. Escupió en mi ano, presionó su polla. ‘¿Anal? ¿Con tu mujer no?’, provocé. ‘Ella no deja… tú sí’. Entró despacio, quemaba, pero rico. ‘¡Joder, qué estrecho!’, empujó hasta las bolas. Me taladró fuerte, polla hinchada estirándome, huevos golpeando mi clítoris. Gemía ahogado, ‘¡Cállate o nos pillan!’, pero follaba más duro. Sudor goteando, olor a sexo llenando el cuarto. Me corrí otra vez, coño palpitando vacío, ano apretándolo.
‘Me corro…’, avisó. Sacó y me llenó la boca, leche caliente salpicando mi lengua. Tragué, lamiendo limpia su polla. Nos vestimos jadeando, besos rápidos.
Subimos por separado. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Su mujer charlaba con otra vecina, ruido de tacones. Él me guiñó, mano rozando mi culo disimulado. ‘Buenas tardes’, dije sonriendo, coño aún dolorido. El secreto quema, el balcón espera más noches. ¿Volverá el ascensor a pararse?