La otra noche, no podía dormir. La luz de los vecinos se filtraba por las persianas entreabiertas. Me acerqué al balcón, el aire fresco me erizó la piel. Oí gemidos ahogados, como si intentaran no despertar al edificio. Miré… y allí estaba ella, mi vecina de al lado, de rodillas en el sofá, con el culo en pompa mientras su marido la taladraba por detrás. ‘¡Sí, joder, más fuerte!’, susurraba ella. Él le agarraba las tetas, sudando, la polla entrando y saliendo de su coño empapado. Me mojé al instante, toqué mi clítoris imaginando que era yo.

Al día siguiente, en el ascensor. Solas. Ella entró con esa falda ajustada que marca todo. Nuestras miradas se cruzaron, recordaba sus gemidos. ‘Buenas… ¿dormiste bien?’, le dije con voz temblorosa. Ella sonrió pícara, ‘Mejor que nunca, pero oí ruidos… ¿tú qué?’. El ascensor paró en su planta. Sus manos rozaron las mías, el calor subió. ‘Sube un momento, te invito a un café’, murmuró, mordiéndose el labio. Dudé, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale… pero rápido, no quiero que tu marido…’. Ella rio bajito, ‘Está trabajando. Ven’.

La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor

Entramos en su piso. Olía a sexo de la noche anterior. Me empujó contra la pared del pasillo, sus labios en mi cuello. ‘Te vi mirando anoche, puta voyeur. Te pusiste cachonda, ¿eh?’. Asentí, gimiendo. Le subí la falda, sin bragas, el coño ya chorreando. ‘Joder, estás empapada’, le dije, metiendo dos dedos. Ella jadeó, ‘¡Sí, fóllame con la mano!’. La besé, lengua dentro, mientras la penetraba rápido. Oímos pasos en el pasillo… su marido. ‘Shhh’, susurró ella, pero no paramos. Él entró en la cocina, ajeno.

La arrastré al salón, la tiré en el sofá donde la vi follar. Le arranqué la blusa, chupé sus tetas duras, mordí los pezones. ‘¡Lame mi coño, zorra!’, ordenó. Me puse entre sus piernas, el olor fuerte a hembra en celo. Lamí su clítoris hinchado, succioné, metí la lengua en su agujero. ‘¡Ohhh, joder, qué buena lengua!’. Ella me agarró el pelo, restregaba su chocho en mi cara. Metí tres dedos, bombeando, mientras le chupaba el culo. ‘¡Me corro, no pares!’. Gritó bajito, su coño contrayéndose, squirt en mi boca, salado y caliente.

El sexo brutal y el secreto compartido

No contenta, saqué mi plug del bolso –siempre llevo juguetes–. Se lo metí en el culo despacio. ‘¡Ay, sí, dilátame el ojete!’. La follé con él, mientras le metía la otra mano en el coño. Temblaba, ‘¡Voy a gritar, cállame!’. Le tapé la boca, follándola fuerte. Oímos la puerta de la calle… él volvía. Corrimos al baño, riendo nerviosas. Ella se corrió otra vez, piernas flojas, mi mano llena de su leche.

Al día siguiente, en el pasillo. Él salió primero, nos miró raro. Ella pasó rozándome, susurró ‘Gracias por el café, vecina. Repetimos cuando él no esté… o sí’. Sonreí, el secreto quemándonos. Ahora cada crujido en la pared me pone cachonda, esperando el próximo riesgo.

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