Vivo en un viejo edificio de la banlieue parisina, lleno de olor a especias y rezos al amanecer. Mis vecinos de arriba son Mohamed y Fatima El Azzaoui, marroquíes devotos. Él, estricto con el Corán, ella… bueno, parece sumisa, pero tiene ese brillo en los ojos. Sus cuatro hijas: Aïcha la rebelde con su Omar negro, Leïla con Noham el converso, Malika con Mustapha el carnicero, y Salima, la peque, de 19 años, siempre con hiyab, virgen hasta el matrimonio, prometida de Ashraf, un malasio de 22 estudiando física.
Hace dos noches, todo empezó por casualidad. Bajaba al parking, el ascensor crujió al abrirse. Ashraf entró, alto, piel morena clara, ojos rasgados intensos. Vestía vaqueros ajustados y camiseta que marcaba pectorales. ‘Buenas noches’, murmuró con acento suave. Yo, Lola, 42 años, española fogosa, tetas firmes y culo redondo de gym, le sonreí. ‘Hola, guapo. ¿De visita a Salima?’ El aire se cargó, sus ojos bajaron a mi escote, blusa ceñida sin sujetador. Rozamos al movernos, su brazo contra mi teta. Silencio pesado, solo el zumbido del motor.
La chispa en el ascensor y la barrera que cae
‘Tú eres la española del 3º, ¿verdad? Salima habla de ti, dice que eres… libre.’ Su voz ronca, mano rozó mi cadera ‘sin querer’. Sentí su polla endurecerse contra mi muslo. ‘Libre sí, y tú… ¿satisfaces a mi vecinita?’ Hice pausa, mordí labio. Recordaba haber oído a Salima susurrar a Fatima sobre su ‘zob grande’, comprobado a la fuerza en el culo para no perder virginidad. Ashraf jadeó: ‘¿Qué insinúas?’ Paré el ascensor entre pisos con el botón de emergencia. Luz tenue, espejo empañado. ‘Muéstramelo. Dicen que los asiáticos…’ Me arrodillé, desabroché su bragueta. Salió una polla enorme, venosa, 20 cm, cabeza hinchada. ‘Joder, qué verga monstruosa.’ Él gimió: ‘Shh, la familia está arriba, oirán.’
La barrera cayó. Me levantó falda, arrancó tanga. Dedos en mi coño empapado: ‘Estás chorreando, puta española.’ Me comió el chocho con lengua experta, lamía clítoris, metía dos dedos. Gemí tapándome boca, eco en metal. ‘Fóllame ya, cabrón.’ Me puso contra pared, piernas abiertas. Entró de golpe, polla gruesa estirándome. ‘¡Ahhh! Despacio, joder.’ Embestidas brutales, huevos golpeando culo. Sudor goteaba, olor a sexo rancio. ‘Tu coño aprieta como virgen, mejor que Salima.’ Le arañé espalda: ‘Cállate, métemela en el culo como a ella.’ Escupió saliva, empujó anal. Dolor-placer, me partía. ‘¡Sí, fóllame el ojete!’ Ritmo feroz, mano en boca para no gritar. ‘Me corro… toma lechada.’ Chorros calientes llenaron mi culo, chorreaba por piernas.
El polvo intenso y el secreto del pasillo
Bajamos jadeantes, semen goteando. ‘Nuestro secreto’, susurró besándome cuello. Salí primero, piernas temblando.
Al día siguiente, pasillo estrecho, luz filtrando persianas. Pasos de Salima acercándose, hiyab impecable. Ashraf detrás, cargando libros. Nuestras miradas cruzaron: guiño cómplice, sonrisa pícara. Él olió a mi perfume en su piel. Salima: ‘¿Todo bien, Lola?’ ‘Perfecto, vecina. Ashraf es un encanto.’ Ella sonrió inocente, ajena. Mi coño palpita aún, el thrill del prohibido, cerca de su puerta devota. ¿Repetimos? El riesgo me moja.