Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó la semana pasada con los vecinos del quinto. Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con paredes finas como papel. Mi novio Raúl y yo acabamos de mudarnos, y esa noche… uf. Estábamos en la cama, yo con las piernas abiertas mientras él me lamía el coño despacito, saboreando mis jugos. De repente, oímos gemidos. Claros, rítmicos. Venían de al lado. ‘Joder, ¿esos?’, susurró Raúl, con la polla ya tiesa contra mi muslo.

Nos quedamos quietos, escuchando. Ella jadeaba fuerte, ‘¡Sí, métemela más profundo!’. Él gruñía, el colchón crujía como loco. Yo me mojé más, imaginándolos: ella, morena con tetas grandes, él alto y fibroso, los había visto en el rellano. La luz de la calle filtraba por las persianas, dibujando sombras en la pared. Mi mano bajó sola a mi clítoris, frotando mientras Raúl se pajeaba. ‘Cariño, follan como animales’, murmuré. Él sonrió, ‘Y nosotros también’. Pero no paramos de oírlos hasta que ella chilló en un orgasmo que retumbó.

La escucha accidental y la chispa en el pasillo

Al día siguiente, bajando al garaje en el ascensor, zas. Entraron ellos. Lucía y Marcos, se llaman. Ella con falda corta, él en chándal ajustado que marcaba paquete. Silencio incómodo, el zumbido del ascensor, olor a su perfume mezclado con el mío. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. ‘Buenas noches, ¿no?’, dijo ella, sonriendo pícara. Yo noté su mano rozar mi culo ‘por accidente’. Raúl carraspeó, su polla se movió en los pantalones. ‘Sí, qué edificio más… sonoro’, solté, riendo bajito. Marcos guiñó un ojo, ‘A veces las paredes oyen todo’. El ascensor paró entre pisos. ‘¿Subimos la temperatura?’, propuso Lucía, pulsando el botón de stop. La barrera cayó ahí, con el corazón latiéndome fuerte por si alguien llamaba.

El polvo brutal y el morbo de ser oídos

Lucía se pegó a mí, besándome el cuello, sus tetas contra las mías. ‘Os oímos anoche, zorras’, susurró. Yo gemí, metiendo mano bajo su falda: empapada, sin bragas. Raúl sacó la polla, gorda y venosa, y Marcos se bajó los pantalones, la suya curva y lista. ‘Folladnos ya’, pedí. Lucía se arrodilló, chupándomela a mí mientras yo lamía su coño jugoso, sabor salado y dulce. Los chicos se pajeaban viéndonos, el ascensor olía a sexo puro. Raúl me penetró primero, de pie contra la pared, embistiéndome fuerte, ‘¡Qué coño tan apretado!’. Yo chillaba, ‘¡Más, joder!’. Marcos follaba a Lucía a cuatro patas, palmadas en el culo resonando. Cambiamos: yo monté a Marcos, su polla me llenaba hasta el fondo, rebotando, tetas saltando. ‘¡Me corro!’, grité, sin importarme si nos oían los del bajo. Raúl metía su verga en la boca de Lucía, follándole la garganta. Gemidos, sudor, el peligro de que el ascensor se moviese… uf, me corría una y otra vez, contrayendo el coño alrededor de esa polla extraña. Marcos eyaculó dentro (con condón, claro), chorros calientes. Raúl nos untó de semen en las caras, riendo.

Paramos el ascensor jadeantes, nos subimos la ropa a toda prisa. Bajamos como si nada, sonrisas cómplices. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. ‘Buenos días, vecinos’, dijo Lucía, guiñando. Marcos rozó mi mano, ‘Repetimos cuando queráis’. Raúl y yo nos miramos, el secreto quemándonos. Ahora cada ruido en el edificio me pone cachonda. ¿Volverá a pasar? Dios, espero que sí.

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