Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a medianoche. El aire fresco me erizaba la piel, la luna redonda filtraba luz plateada por las persianas entreabiertas del vecino del cuarto. Oí pasos torpes en el pasillo, un jadeo ahogado. Bajé la cabeza y vi a Javier, el del 4ºB, cojeando hacia el ascensor. Cuello hinchado, rojo, como si le hubiera picado una abeja jodida. Llevaba la camisa abierta, sudor brillándole el pecho.

—Ey, ¿qué te ha pasado? —le dije, saliendo al rellano. Él se giró, ojos vidriosos.

La tensión sube en el ascensor

—Una puta abeja en la moto… me ha jodido el cuello. Duele como la hostia.

El ascensor llegó con un ding sordo. Entramos. Puertas cerradas, espacio chiquito, su olor a gasolina y hombre me golpeó. Rozamos brazos. Él se apoyó en la pared, gimiendo bajito. Mi mano fue sola a su hombro.

—¿Quieres que te ayude arriba? Vivo al lado, sé curar eso.

—Joder, sí… no aguanto.

Tensiones subiendo. Sus ojos bajaron a mis tetas bajo el camisón fino. El ascensor paró en seco entre pisos. Luz parpadeante. Oscuridad casi. Oí su respiración pesada, mi coño ya húmedo. Él se acercó, mano en mi cintura.

—No deberíamos… pero hostia…

Sus labios rozaron mi cuello. Barriera caída. Puertas se abrieron en su piso. Tiró de mí dentro.

La puerta se cerró con llave. Luz tenue del salón, persianas mal cerradas. Lo empujé al sofá, arrodillándome. Desabroché su pantalón. Polla semi-dura saltó, gruesa, venosa. Olía a sudor y excitación.

—Mira cómo estás de tieso ya —susurré, lamiendo el glande salado.

Él gruñó, mano en mi pelo. Chupé despacio, lengua enrollando el tronco, bolas pesadas en mi palma. Bourdonnement en mis oídos, o eran los vecinos del piso de arriba moviéndose. Miedo delicioso. Él empujó más hondo, follando mi boca.

El sexo brutal en su piso

—Joder, traga… qué boca…

Me puse de pie, camisón arriba. Coño depilado a la vista, jugos chorreando muslos. Él me tumbó en el sofá, lengua ávida en mi clítoris. Lamidas rápidas, dedos dentro, curvados tocando punto G. Gemí alto, mordí labio. ¿Nos oyen? Pasos en el pasillo de al lado.

—No pares… fóllame ya.

Me volteó contra la pared. Polla dura como hierro entró de golpe, estirándome. Embestidas brutales, huevos golpeando culo. Sudor goteando, piel pegajosa. Él apretaba tetas, pellizcando pezones.

—Tu coño aprieta como puta virgen…

Aceleró, salvaje. Yo clavaba uñas en su espalda. Orgasmo me sacudió, chorro mojando suelo. Él rugió, sacó polla y corrió en mi boca. Semen caliente, espeso, tragué todo, lamiendo resto.

Nos desplomamos, jadeando. Olor a sexo llenaba el aire. Beso rápido, cómplices.

Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con bolsa basura. Nuestras miradas chocaron. Sonrisa torcida, guiño. Su mano rozó mi culo disimulado.

—Gracias por la cura, vecina.

—Cuando quieras, pica otra abeja.

Puerta cerró. Secreto ardiendo. Cada noche oigo sus pasos. El edificio nunca fue tan excitante.

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