Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas, ruidos que se cuelan por todos lados. La otra noche, volvía tarde del curro, pasos resonando en el pasillo oscuro. Oí gemidos ahogados desde el piso de al lado, el mío de enfrente. Mi vecino, Javier, alto, musculoso, con esa mirada que te clava. Me paré, la puerta entreabierta, luz filtrando por las persianas. Vi siluetas: él atándola, azotes suaves, ella gimiendo ‘Sí, amo’. Me mojé al instante, coño palpitando. Cerré los ojos, mano en la falda, pero me fui antes de que me pillaran.
Al día siguiente, ascensor. Entramos solos, él oliendo a colonia fuerte, yo con el corazón acelerado. ‘Buenas’, murmuró, ojos bajando a mis tetas. Silencio pesado, aire cargado. El ascensor se paró entre pisos, luz parpadeando. ‘Mierda’, dijo él, acercándose. Su mano rozó mi culo ‘por accidente’. ‘¿Te excita el peligro?’, susurró, aliento caliente en mi cuello. Asentí, voz temblorosa: ‘Sí… desde anoche te oí’. Sonrió perverso. ‘Entonces, arrodíllate’. El botón de emergencia pitaba, vecinos abajo. Pero su polla ya dura contra mis labios.
La mirada que lo cambió todo en el pasillo
Me bajó las bragas de un tirón, coño chorreando. ‘Puta vecina voyeur’, gruñó, metiéndome dos dedos, chapoteo húmedo. Gemí, mordiéndome el labio para no gritar. ‘Chúpamela, pero calladita o nos echan’. La saqué, gorda, venosa, la tragué hasta la garganta, saliva cayendo. Él me follaba la boca, manos en mi pelo, ‘Buena zorra’. El ascensor tembló, voces lejanas. Me levantó, me giró contra la pared, polla empujando mi coño de golpe. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó, embistiéndome brutal, tetas rebotando, clítoris frotando metal frío. ‘Córrete para mí, pero sin ruido’. No pude, grité bajito, orgasmo explotando, piernas temblando. Él se corrió dentro, leche caliente llenándome, goteando muslos.
Salimos como si nada, ascensor arreglado. ‘Ven esta noche’, me dijo en el pasillo, guiño. Fuimos a su piso, fin de semana loco. Me ató con correas de cuero, bolas chinas en el coño todo el día, ‘No te corras sin permiso’. Me masturbaba pensando en él, pero nada. Sábado, me vendó ojos, a cuatro patas en su cama. Vibrador en el coño, huevos vibrando, lengua en mi ano. ‘Relájate, puta’. Entró dedos, luego plug anal, bolas estirándome. Azotes con martinete, dolor quemando nalgas, placer en clítoris con máquina succionadora. ‘¡No corras!’, pero exploté, castigada con cravache, diez latigazos, contando ‘Uno… gracias amo’. Dolor y éxtasis mezclados, corrí otra vez.
El polvo salvaje y el secreto compartido
Domingo, calma. Paseamos como amantes, pero en casa, más. Colita anal, a gatas chupándolo bajo la mesa mientras comía. Vaisselle con sus dedos en mi coño, orgasmo temblando. Me folló el culo por fin, lubricante frío, polla abriéndome, ‘¡Gracias amo!’ cada embestida. Dormí exhausta, marcas en piel.
Lunes, pasillo. Cruce de miradas, sonrisa cómplice. ‘Buen fin de semana, vecina’, susurró. Asentí, coño húmedo recordando. Nuestros vecinos no saben, pero el secreto quema, pasos en el corredor suenan a promesa de más.