Ayer por la noche, la tormenta en Madrid era brutal. Truenos retumbando, lluvia como si el cielo se hubiera roto. Yo, Alicia, profe de fitness en el edificio nuevo donde vivo, no podía salir. Mis padres en el pueblo, carreteras cortadas. Radio diciendo quédate quieto. En el pasillo del sótano, cerca de la sala de gym común, lo vi a él. Mi vecino del 4ºB, ese tipo casado, profesor de mates o algo, siempre serio, con pinta de no follar ni los findes. Nos cruzamos el primer día de mudanza, un hola seco. Ahora, ahí plantado, mirando el móvil sin cobertura.
—Oye, ¿vas a casa? —le pregunto, voz casual, pero con esa curiosidad que me pica.
La tormenta que enciende la chispa
—No, imposible. Mi mujer llamó antes, todo bien, pero yo me quedo. ¿Y tú?
—Igual, atrapada aquí. ¿Tienes cama?
Niega con la cabeza, tímido. Yo sonrío: —La gym tiene colchonetas. Sin ventanas, pero mullidas. Si quieres, ven conmigo. Yo invito al colchón, tú a la cena.
Salimos bajo mi paraguas enorme. Lluvia azotando, nos pegamos. Su cuerpo contra el mío, alto como yo, pero yo más dura del gym. De espaldas parezco tío, pero de frente… mis tetas como naranjas maduras, presionando su brazo. Él nota, se tensa. Vamos a un bar cutre cerca, mesa al fondo, radiador calentando. Me quito las zapas empapadas, pies al calor. —Hazlo tú, relájate.
—No, estoy bien… —murmura, pero me mira las piernas.
Comemos, charlamos. Él suelto por el vino que pide. Le cuento de mis alumnos, cómo les di una lección de judo y fliparon con mi cinturón negro. Río, él se anima. Sus ojos bajan a mi pecho bajo el chándal mojado. Tensión eléctrica, aire cargado de tormenta afuera y dentro.
Volvemos, gym vacía, olor a goma y cerrado. Armamos el catre con colchonetas. —Tengo chándales secos en mi taquilla —digo. Me cambio sin pudor: bajo pantalón, quito sujetador. Tetas al aire, firmes, pezones duros por el frío. Él mira, rojo.
—¿Te gustan? —le pincho, juguetona.
—¿Qué? No, yo…
El secreto ardiente del pasillo
—Miente. Mira bien. —Remonto el chándal, las ofrezco. Él tiembla, toca. Suave, las masajea. Gimo bajito. Lo acerco, su boca en un pezón. Chupa ávido, mano en el otro. Ronroneo, piernas abiertas. Me desnudo del todo, lo tumbo, tetas en su cara. Frota, muele su polla tiesa contra mí.
Le bajo el pantalón: polla dura, gorda. La agarro, meneo. Él jadea. Me pongo a 69, coño en su cara. —Lámeme, despacio. —Virgen en esto, pero aprende. Lengua en los labios, sube al clítoris. Humedece, mete dedos. Yo se la como entera, garganta profunda, saliva chorreando. Le meto un dedo mojado en el culo, él gruñe y me imita. Placer subiendo, eco de gemidos en la sala vacía. ¿Nos oyen los vecinos arriba?
Me monto, coño chorreando en su polla. Cabalgo lento, luego feroz. —¡Fóllame fuerte! —grito bajito, miedo y rush. Él embiste, tetas botando. Cambio: a cuatro, me come el culo con lengua, dedos en coño. Lo guío: —Ahora métemela por el culo. —Lubricado, entra suave. Me pica, dobla, mano en clítoris. Grito ahogado, orgasmo brutal, él eyacula dentro, caliente.
Caemos sudados, unidos. —Ha sido… increíble —dice.
—Bien, pero aprende. Tu mujer no sabe lo que se pierde. Te enseño más…
Le guío otra ronda: le chupo polla blanda hasta dura, lo monto al revés, anal de nuevo con polla y dedos en coño. Grito, él aguanta, me hace correrme dos veces. Eco de carne chocando, ¿pasos en el pasillo?
Al final, abrazados, sudor enfriándose. —Solo placer, ¿eh? No líos. Me caes bien.
—De acuerdo. Amo a mi mujer, pero… gracias.
Dormimos pegados. Mañana, ducha rápida. Salgo primero. En el pasillo del edificio, nos cruzamos. Él sube al ascensor, yo al gym. Mirada cómplice, sonrisa sucia. Su mano roza la mía: secreto quemando. La tormenta pasó, pero esto… acaba de empezar.